sábado 29 de mayo de 2010

Una ciudad ranchera

(Voy a escribir esto desde mi ronco pecho, así que perdonarán las veintemil faltotas que cometeré al hacerlo.)

En primer lugar, no hablo de Toluca. Por hoy, atenderé el consejo de mi sabia madre y "no morderé la mano que me da de comer". Hablo de mi ciudad, y no, no me di cuenta hoy, o ayer (veo el reloj: son las 00:30 del sábado 29), pero hasta hace unas horas lo viví en su máxima rancherez.

Pues bien, me encontraba trabajando en la capital mundial del chorizo (ahora laboro dos veces a la semana allende el sol quema, pero no calienta) y por culpa de algunos de los lectores de este blog (qué de misterios encierra la vida) y de muchas personas que no conozco, me tuve que quedar hasta altas horas en la oficina (bueno, ni tan altas, las diez y cacho). ¿Y por qué no me quedé a pernoctar en la morada de Tolo, teniendo como tengo tantos buenos amigos y almas compañeras dispuestas a abrirme las puertas de sus jacales? En primer lugar, porque detesto levantarme a las siete de la mañana en sábado, y eso habría tenido que hacer para poder regresar a mi lugar de origen a atender compromisos previamente establecidos. Y en segundo lugar

(Aquí abro un paréntesis; no sólo porque estoy inspirada y puedo intentar burdas experimentaciones chafas con mis textos, sino porque tengo, de paso, que hacer una confesión: pertenezco a la "legión" de los solitarios. Alguna vez lo intenté negar y busqué tener muchos amigos y "hacer" una familia con otra alma perdida; perdí a la mayoría de esos amigos y "bendito sea Dios", él mismo me impidió hacer "esa" familia. Así que a diez días de cumplir 23 me mudé a vivir sola, con una cabrona necesidad de hacerlo, porque soy solitaria. Pasé los diez primeros años de mi vida sin hermanos ni amiguitos ((salvo cuando tuve un primo; sic y así se queda)) y luego tuve que tolerar durante mi adolescencia a muchos escuincles, que ahora son chavos, y a los que estimo bastante, pero que cuando tenían cuatro o cinco años y yo 18 me fastidiaban un rechingo, nomás por estar; no me hacían nada. En este caso, "infancia es destino", y agradecí mucho poder estar en "mi" casa al fin: si alguien hace ruido soy yo; si alguien chilla, soy yo; también me río sola; si quiero no contesto el teléfono; si quiero no me baño; si quiero no lavo los trastes; si quiero no abro la puerta, y, sobre todo, nadie me dirige la palabra si no se lo solicito. ¡Caaabrón!, soy toda una soberana (sí, una soberana misántropa).)

Total que también me quería regresar para escuchar el dulce ronronear de mi refrigerador (que, por cierto, no es mío). Y dije, "pus para eso me hice guerrera" (sic y cítese con el tono más ñero posible). Me trepé a un taxi que dejó a Carmen en su casa y luego fui arrojada a las puertas infernales de la terminal de camiones de Toluca para tomar el mítico-mágico-sórdido "flecha roja de las diez y media": el último recurso disponible para los de a pie para regresar a Meshico-Ranchotitlan. Pero, sorprise, nadie me daba razones del mismo. Corrí de un andén al otro buscando mi camión. Me había dado por vencida cuando alguien me dijo, "es en el seis y ya se va". Corrí más, como si de veras amara a mi ciudad. Me trepé alegremente, pensando "ahorita, sin tráfico, en una hora llego a mi casita". Ni madres; a recoger almas perdidas sobre Tollocan; a eso se dedicó el chofer. Y, luego, en un misterioso giro narrativo, el mismo (chofer) eludió la caseta de entrada a la Ciudad de las Garnachas y se fue por no sé donde mierda pero como alma que lleva el diablo; verdadera maestría para agarrar las curvas de bajada junto a los volteos, por mi madre. La verdad, por un momento me entusiasmé. Me agrada la gente que corre riesgos, incluso a costa de los demás, así que por un momento tuve la esperanza de que el cafre ese compartiera mi pasión por la vida, en su expresión más vital; pero algo me hace pensar que el puto dinero iba de por medio. Ninguna historia es hermosa, por lo que se ve.


Bueno, me he contagiado del chorro creativo que sufren algunos escribanos, y, como ellos, he olvidado mi argumento: Ranchotitlan. Al final de un recorrido zumbante por sepa la madre donde, llegamos a Observatorio: 11:50. Corre, corre, por el mítico-mágico-vomitivo tren de las 12:00. Aquí es donde todo se vuelve rancho sin razones para ello. Diez eternos minutos esperando el mentado tren. Me subo un poco nerviosa: soy la única mujer en el andén y, por supuesto, en el vagón. (Pos para eso me hice guerrera, pero no tanto.) Y luego, y para fortuna de mi tranquilidad de hembra, el absurdo en pleno de Ranchotitlan: Tacubaya hasta la madre; los "asientos" se llenaron; en Chapultepec ya iba lleno el tren y no de vagos y entes del infierno, como pudieran suponer nuestros próceres administrativos del sistema colectivo: banda que sale de trabajar, en su mayoría, y que espera con fervor el mítico tren de las 12:00. En Cuauhtémoc pensé: "ahorita en Balderas ya no trasbordo: tomo un taxi y a la mierda". Luego lo pensé: he tenido problemas con los taxis de falso sitio (porque cobran caro y sólo su putatérrima madre constata que sean de sitio) (con uno me menté la madre en Ciudadela una vez; viejo pendejo: me quería cobrar 30 pesos de ahí a mi casa); así que dije "ni madres, el que venga sobre  la avenida; si hoy he de conocer al violador de mi vida, así será". "Mejor camino, vengo molida y son seis cuadras con cara de 10." La salida del tren me hizo pensarlo. Qué pinche güeva, incluso para ser violada. Así que me decidí hacer como mis congéneres: correr, para ver si alcanzaba el mítico tren que seguramente salió de Indios Verdes a las 12 y que por lógica cruza a las 12:20 en Balderas. Aquí sí me sentí mal. Alguien, una vez, me recomendó esperar siempre el alto y cruzar en la esquina, no para no ser salvajemente "majado" por los autos, sino para no perder el estilo y no tener que cruzar corriendo, "como las indias". Ni madres, solidaridad pura y mestiza con los pueblos indígenas mexicanos a las 12:20 en Balderas: corre-corre a agarrar el mítico-mágico-guácala de perro tren hacia Universidad, y todo por una maldita estación. El mentado tren, en su primer vagón (que yo tomé), traía una  paradoja: cuatro trabajadores del STC de limpieza, como veinte pinches escobas y trapeadores y una puta guácara ácida a mitad del vagón, húmeda y olorosa. (¿Para eso me hice guerrera?)

BASTA. Consulto el bastardo google: mi ciudad es alpha-, Buenos Aires alpha (no lo dudo; no he ido, pero sé de buenas fuentas que la noche sí existe allí), pero San Francisco es Beta+ y, por los informes recabados, parece que allá llevan vida de seres humanos. ¿Qué mierda pasa aquí? ¿Por qué esto sigue siendo un rancho de mierda? Es obvio que los malditos horarios y la necesidad hacen que sea aboslutamente indispensable un metro, por lo menos, de 4:00 am a 2:00 am. Las malditas bibliotecas cierran el día de la madre. ¿De cuándo acá tienen madre los guarros que permiten que el día de las madres (el día más infamemente machista) sea feriado? Inclusive, en delegaciones panuchas hay una mierda conocida como 00:00 00:00. Oh, estadistas que Cristo Rey tenga en su yunquera gloria, cuán honda es su sabiduría. ¿Qué podrán hacer los chavitos de las favelas de Observatorio si en el oxxo más cercano no les venden alchohol a las 00:04? ¿Acaso podrán comprarlo previamente o, mejor aún, arrimarse alguna madre adulterada?

En fin, terminaré haciendo una paráfrasis cantinflera de cierto y muy referido domuento: "Mi ciudad es el rancho... y el rancho es la patria". 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Releere,como todo buen lector debe hacer segun recomienda Nabokov, esta tu entrada nueva que me parece nos la estabas debiendo a tus seguidores. Que bueno que estes de regreso. Tu misantropia me parece admirable dada tu edad.

elale dijo...

Hola Clau! Uno aprende en tu blog, Me cai'; eso de la clasificacion alpha beta gamma de las ciudades no creo que se le de mucho a la mentalidad de un "viejito cristero"...Los trenes: "...tú los seguias escuchando aullar en las lejanias de la memoria"

Anónimo dijo...

O..." interpreta mi silencio"

Cantinflas, Aguila o sol.