Mi madre, que recién cumplió 54 años, insiste en que ya está "viejita". De nada sirven los argumentos en favor de una tesis más moderada. Al principio me molestaba esa insistencia decadente, pero poco a poco observo que en realidad es un pretexto para dedicarse a una actividad que, en general, se reserva a los adultos mayores. Los motivos sicológicos para esta temprana entrega a memoriar los desconozco, y por el momento no me resultan necesarios. Lo que me produce admiración es esta delicada insistencia en conservar la memoria de las cosas y en transmitirla a sus hijos.
El otro día me dijo, en el estudio, mientras arreglaba una maceta que compró para una plantita que me regaló una querida amiga:
--Mira, hija, esta piedra que está en esta palmita datilera era de tu abuelita, con ella se tallaba los talones.
Me acerqué y observé una piedra gris y porosa.
--¿No es una piedra pomex, verdad?
--No, es sólo una piedra de río, pero ella la usaba para eso. Anduvo rodando por ahí y yo la "rescaté" y la puse en esta maceta.
Ayer me contó de una barreta que mi bisabuela le prestó cuando mis padres estaban construyendo esta casa. La ancestra en cuestión no era la mujer más generosa ni dulce del mundo, sino una mujer dura que nació con el siglo XX en Guerrero o Morelos y que a su muerte dejó unos abrigos cuyos forros estaban repletos de billetes sin valor. Cuando tenía ganas de convivir con el prójimo (es decir, de atormentar a los parientes) recurría, en el caso específico de su relación con su nieta, mi madre, a la chingada barreta, y le aclaraba que si tenía casa no era porque mi padre se desvelara trabajando en el periódico, sino porque ella, la generosa matriarca, le había prestado su barreta.
--El otro día encontré por ahí la barreta --me dijo en la merienda mi madre-- y la traje aquí junto al lavadero. Obviamente es un chingado fierro que ya no sirve para nada, pero me acordé que mi abuelita siempre me cantaba lo de su barreta y la "guardé".
Rescatar, guardar, asegurar son los instrumentos de que se sirve la memoria para "no dejar perderse a las cosas" y si bien se les puede emparentar con sobrados motivos a la mezquindad material de los abuelos, también gracias a ello existe la memoria, esa aparentemente inútil insistencia humana que se asemeja al liquen que intenta persuadir a la roca de que la vida no es tan pasajera ni tan inocua.
4 comentarios:
A lo mejor hubiera sido más eficaz la barreta para terminar con los callos y la piedra como adobe para contruir la casa. Besos, Mauchi.
Tiene razón, Don Amarillo.
¿Qué le pasó a Urbanópodo?
Mmmm, me pareció un lugar muy confinado para lo que quiero hacer ahora en el bloguito: anotar reflexiones sobre mi vida cotidiana, hacer crónica de viajes,etc etc...
Publicar un comentario