Por razones que no vienen al caso (bueno, por mi maldita pobreza), desde abril voy dos veces a la semana, todo el día, a la Ciudad de los Chorizos. Así que me quedan 3 días hábiles para realizar las actividades que debo realizar en días hábiles, y los fines de semana, que dedico a lo que antes dedicaba y a intentar llevar a cabo lo que no pude realizar en mi semana de tres días.
No desperdicio la oportunidad de aprender algo de esta experiencia: a) la necesidad es reina y b) el tiempo nunca alcanza para las cosas importantes y siempre se puede desperdiciar en estupideces. También estoy aprendiendo a ser más disciplinada y el gran arte de decir "nel", "ni madres", "a güevo que no". Digo que estoy aprendiendo porque aún no lo domino; espero que para finales de año sea más diestra al respecto.
Pero hay otra cosa que ha cambiado: cuando estoy en mi ciudad, normalmente estoy contra ella: contra su maldito tránsito, contra sus horarios (muchos de ellos rancheros), contra las distancias, etc., y ahora tengo que hacer malabares para alimentar uno de mis placeres preferidos: caminar, perderme por la ciudad un par de horas.
Esas caminatas, que antes hacía sin mucha conciencia, resultan indispensables para mi ser. Mi Ser, valga aclarar, constantemente muda de la alegría al desasosiego; de la fuerza moral al hartazgo; de la depresión a la furia; de la furia a la depresión; de la tristeza a la flojera. Esas caminatas me restituyen algo de mi Ser adolescente: del universo de las posibilidades; del tiempo en que no existía el tiempo; del mundo donde no existía el mundo y se podía soñar eternamente, como mecido entre barandales y balcones, calles y callejuelas, avenidas y parques; y cuando ni siquiera yo sabía por qué era feliz, o por qué me embargaba una melancolía que, sin embargo, disfrutaba. Cuando era poeta, aunque nadie supiera que era poeta, o porque nadie sabía que era poeta.
Cuando camino por la ciudad, sin saber a dónde voy o perdiéndome a propósito, las cosas adquieren otras dimensiones. Vuelvo a estar sola otra vez; vuelvo a no necesitar de nadie y mis pensamientos surgen de otra manera: sé lo que me preocupa, lo que me importa; reconozco lo que me molesta y puedo observar mejor mi trayecto: hacia atrás, lo que llamamos pasado; hacia adelante, lo que denominamos futuro. Entonces soy mi casa y el camino es mi ruta.
Extraño mi ciudad; tanta palabrería para decir algo tan claro: extraño mi ciudad.
jueves, 23 de septiembre de 2010
lunes, 7 de junio de 2010
caminos lejanos
A veces me quedo a dormir el sábado en casa de mis papás, donde viví entre mis 6 y mis 23 años. Antier fue uno de esos días. Por la mañana del domingo Abril me despertó porque quería salir a pasear por el jardín (mau mau). Me levanté con ella y dejé en la puerta del estudio de mi apá una nota que decía más o menos así: "Voy a salir a caminar un rato para bajar los tlacoyos de anoche. 8:30 Regreso como en hora y media". Digo que decía más o menos así porque mi caligrafía es terrible; cuando tomo notas a mano sé que debo pasarlas a máquna lo antes posible porque si no, ya no entiendo ni madres después. Salí de Aztecas y bajé hacia el periférico entre calles polvorientas y, afortunadamente, vacías de caminantes. Llegué a periférico y caminé hacia "arriba", crucé en el puente anterior a la Ollin y seguí caminando, muy rápido y con la zancada un poco larga, por aquello de los tlacoyos. Me metí a Cuicuilco. Subí el "montículo central", del que tengo un recuerdo, como dijera Stendhal (paráfrasis, ojo, no cita), de esos que son intrascendentes, pero al mismo tiempo imborrables. Cuando iba como en tercero de secundaria (del otro lado de Perifèrico, en Selva), empecé a sentir hambre de calles. Me iba de pinta yo sola y lo único que hacía era caminar: a veces iba a Coyoacán, otras a Ciudad Universitaria y algunas más a Cuicuilco. Me gustaba mucho subir el montículo central, nombre poco cariñoso y bastante vago conque nuestros próceres del INAH han apodado a lo que fue el centro ceremonial de una pequeña ciudad cuyos pobladores intentaron salvar de la furia del Xitle, según las ilustraciones del museo de sitio, con unos pilotes que plantaron en torno a la teta de su templo. Desde arriba se ve todo el sur: el perfil de viejo gachupín del Pico del Águila, el Xitle (que "en persona" es un cerrito empinado pero muy chiquito en cuya cima hay un cráter polvoriento), la montaña rusa de Six Flags y la cinta asfáltica que baja hacia Xochimilco, impulsada por quién sabe cuántos metros de espesor de roca volcánica. Yo me sentaba y veía esa cinta, el Periférico, que desde esas alturas, ángulo y con la mañana clara de ayer me recuerda lo que ví hace 14 años, totalmente absorta: el instante vertiginoso que a costa de su repitición constante permanece en el paisaje y lo convierte en paisaje del instante. (Esta esa postal sin foto, porque nunca putas tiene pilas mi cámara.)
viernes, 5 de marzo de 2010
Joaquín Sabina y la infancia
Bueno, mi infancia; afortunadamente para mí, es imposible abstraer la infancia, así que si hay infancia, “es la mía”. ¿Cuándo escuché por primera vez a Sabina? Ya habíamos regresado de Villahermosa, donde viví entre mis 2 y mis 6 años. Quizá tenía 8 o 9. Había varios acetatos: Hotel, dulce hotel, En vivo con viceversa y (creo que agregado posteriormente) El hombre del traje gris; después llegó Mentiras piadosas. Después de la comida me tocaba lavar los trastes. (¿Será por eso que ahora hago todo lo posible por no lavarlos? Vaya paradojas de la crianza.)
No exagero si digo que sus letras fueron para mí toda una revelación, que trascendía por mucho la literatura, y que incluso se gravaron en mí como trozos de películas: películas que no vi, pero que creí haber vivido. (Supongo que entonces aprendí la horrible costumbre de transitar entre ensoñaciones. ¿Quién lo diría? La imaginación, que todos los adultos desean para sus hijos, es la droga que más daño me ha hecho. Deberían decirnos, antes de incitarnos a imaginar, que si uno se aficiona demasiado, luego no encuentra su sitio en el mundo. Bueno, creo que lo hacen, y desoímos.)
Por entonces no entendía muchas palabras; otras permanecían misteriosas a causa de la dicción gachupina y el arrastre de sílabas. Por ejemplo, eso de “hay una jeringuilla en el lavabo” lo descifré hasta mis veintes; siempre creí que decía jeriquilla, y siempre me pregunté qué diablos era una jeriquilla. Otras cosas me resultaban misteriosas por su contexto: ¿por qué quemado como el cielo de Chernobyl? ¿Cómo era el cielo en Chernobyl? ¿Por qué mierda no pregunté a mi papá o agarré un diccionario? Creo que parte del encanto de Sabina y sus letras era el misterio. Aquello que no podía comprender (y que algún día comprendería) contenía la clave de… ¿de?
No podría describir lo que “ensoñaba”. Lo intentaré. El hombre del traje gris me hacía pensar (eufemismo adulto para decir que me transportaba) al malecón de un río, pero no de un río tropical, sino uno (ahora lo sé) mediterráneo. Ese malecón tenía escaleras y sauces. Todo el disco transitaba por ahí. "El joven aprendiz de pintor" me hacía pensar en gatos, en calicos (ahora sé que tienen un nombre: calicos) sobre sofás. "Calle melancolía" era una de mis favoritas. No descifraba “como quien viaja a lomos”. Enredaderas; enredaderas sobre ladrillos que suben (ambos) a un cielo gris, triste; un cielo con humo. Me conmovía lo del “campo ya estará verde”. Creo que por entonces leí Platero y yo y lo asociaba; también leía algo de Asturias y también se me aparecían esas ensoñaciones. Cuando resolvía el crucigrama ya era de noche. “Trepo por tu recuerdo como una enredadera.” Sé que mi primer deslumbramiento poético no se lo debo a Rimbaud ni a Vallejo, sino a Sabina. Qué marchoso, ¿no? ¿Y cómo mierda es la cuesta del olvido? "Pongamos que hablo de Madrid" era un sol entrando por un ventanal de un departamento en un quinto o sexto piso; la jeriquilla en el lavabo está en un baño ruinoso a mano izquierda. El sol entra como polvoso, parecido al “espíritu” que trae el sol de diciembre sobre avenida Chapultepec antes de que baje demasiado. (¿Por qué se ve el sol así ahí? Es el puto esmog, ¿verdad?) ¿Y qué mierdas era entonces “una estopa de butano”? Lo de los niños que persiguen el mar en un vaso de ginebra transcurría en una calle empedrada, en los umbrales. ¿Y cómo buscaban los niños el mar en un vaso de ginebra? ¿Miraban en el vaso hasta que aparecía algo? (Ay de mí, y de mi bendita ignorancia.)
Ya que mi malvado Katún no me ha enseñado a encamar videos, les dejo un link. Watch out, hay mucho ochenterismo junto: papos, chamarras, pantalones, bailaditos, tenis, greñas, requintos, pintaditos, aretes. Uf (y recontrauf, dijera el Flanagan). Eh!, dijera el Sabina.
pd Yo siempre quise un saquito como el del Sabina.
pd2 Para mí Joaquín Sabina murió el día que grabó esa mamada de “Y nos dieron las diez”. No lo he perdonado, claro que no.
pd3 En la foto, un calico. Se llama Abril.
No exagero si digo que sus letras fueron para mí toda una revelación, que trascendía por mucho la literatura, y que incluso se gravaron en mí como trozos de películas: películas que no vi, pero que creí haber vivido. (Supongo que entonces aprendí la horrible costumbre de transitar entre ensoñaciones. ¿Quién lo diría? La imaginación, que todos los adultos desean para sus hijos, es la droga que más daño me ha hecho. Deberían decirnos, antes de incitarnos a imaginar, que si uno se aficiona demasiado, luego no encuentra su sitio en el mundo. Bueno, creo que lo hacen, y desoímos.)
Por entonces no entendía muchas palabras; otras permanecían misteriosas a causa de la dicción gachupina y el arrastre de sílabas. Por ejemplo, eso de “hay una jeringuilla en el lavabo” lo descifré hasta mis veintes; siempre creí que decía jeriquilla, y siempre me pregunté qué diablos era una jeriquilla. Otras cosas me resultaban misteriosas por su contexto: ¿por qué quemado como el cielo de Chernobyl? ¿Cómo era el cielo en Chernobyl? ¿Por qué mierda no pregunté a mi papá o agarré un diccionario? Creo que parte del encanto de Sabina y sus letras era el misterio. Aquello que no podía comprender (y que algún día comprendería) contenía la clave de… ¿de?
No podría describir lo que “ensoñaba”. Lo intentaré. El hombre del traje gris me hacía pensar (eufemismo adulto para decir que me transportaba) al malecón de un río, pero no de un río tropical, sino uno (ahora lo sé) mediterráneo. Ese malecón tenía escaleras y sauces. Todo el disco transitaba por ahí. "El joven aprendiz de pintor" me hacía pensar en gatos, en calicos (ahora sé que tienen un nombre: calicos) sobre sofás. "Calle melancolía" era una de mis favoritas. No descifraba “como quien viaja a lomos”. Enredaderas; enredaderas sobre ladrillos que suben (ambos) a un cielo gris, triste; un cielo con humo. Me conmovía lo del “campo ya estará verde”. Creo que por entonces leí Platero y yo y lo asociaba; también leía algo de Asturias y también se me aparecían esas ensoñaciones. Cuando resolvía el crucigrama ya era de noche. “Trepo por tu recuerdo como una enredadera.” Sé que mi primer deslumbramiento poético no se lo debo a Rimbaud ni a Vallejo, sino a Sabina. Qué marchoso, ¿no? ¿Y cómo mierda es la cuesta del olvido? "Pongamos que hablo de Madrid" era un sol entrando por un ventanal de un departamento en un quinto o sexto piso; la jeriquilla en el lavabo está en un baño ruinoso a mano izquierda. El sol entra como polvoso, parecido al “espíritu” que trae el sol de diciembre sobre avenida Chapultepec antes de que baje demasiado. (¿Por qué se ve el sol así ahí? Es el puto esmog, ¿verdad?) ¿Y qué mierdas era entonces “una estopa de butano”? Lo de los niños que persiguen el mar en un vaso de ginebra transcurría en una calle empedrada, en los umbrales. ¿Y cómo buscaban los niños el mar en un vaso de ginebra? ¿Miraban en el vaso hasta que aparecía algo? (Ay de mí, y de mi bendita ignorancia.)
Ya que mi malvado Katún no me ha enseñado a encamar videos, les dejo un link. Watch out, hay mucho ochenterismo junto: papos, chamarras, pantalones, bailaditos, tenis, greñas, requintos, pintaditos, aretes. Uf (y recontrauf, dijera el Flanagan). Eh!, dijera el Sabina.
pd Yo siempre quise un saquito como el del Sabina.
pd2 Para mí Joaquín Sabina murió el día que grabó esa mamada de “Y nos dieron las diez”. No lo he perdonado, claro que no.
pd3 En la foto, un calico. Se llama Abril.
jueves, 25 de febrero de 2010
Leyenda urbana: rock al chile
Mi amigo Zapata (por sí mismo una leyenda urbana) me habló un día del rock al chile, una forma de bailar rock que quizá (es pura especulación) vio sus orígenes en el rock pesado. Lo interesante es que hay muchas cosas que se pueden bailar según los fundamentos del rock al chile. El día que Zapata nos habló de esta ancestral forma de bailar cultivada en los hoyos funky (más material de leyenda) de la ciudad de México fue uno del mes del octubre del Año del Señor 2005, durante la feria del Zócalo que antes (no sé ahora) era un excelente lugar para beber, beber, beber y también para beber. En aquel año todavía existía Cuiria y, como en 2004, sus exquisitos integrantes de dedicaban a chuparse el dinero que recaudaban expendiendo ejemplares de la misma. Ese año en particular el stand de Cuiria (tras el cual estaba el stand de Deriva) fue conocido como la piquera de las editoriales independientes: debajo del stand había un cartón de caguamas (frecuentemente vacías) y algunas botellas de libación. Pues una noche (y mientras algún cagado grupo de ska tocaba en la plancha) el Zapata nos adentró en los misterios del rock al chile. He buscado fotos y vídeos con bailarines calificados bailando al chile, pero desafortunadamente no encuentro nada. Parece que el rock al chile también es un ex file. Esta inusitada forma de bailar el rock está constituida, básicamente, por “pasos” que recuerdan hechos de la vida cotidiana: es una especie de poética vanguardista del baile. Los pasos, que Zapata ejecutó de manera inigualable para nuestro regocijo, incluyen “el de lavar la ropa”, “el de tender la ropa” (éste es unos de mis favoritos), “él de barrer la basura” (que incluye las maniobras con el recogedor) y, claro, “el de bajarle los chones a la chava” (mi amplio favorito). Además, nos fue revelado que, lejos de ser una pachequez inspiracional de algunos pocos, el rock al chile tenía toda una cultura: Zapata tenía su pareja, como John Travolta en Fiebre de sábado por la noche. Me he dedicado a la investigación periodística grunge buscando otros ejemplares humanos que conozcan este baile, que lo hayan bailado o que lo hayan visto bailar, pero lo único que encuentro es misterio: nadie sabe nada del rock al chile. Así que el propósito fundamental de este post es el rescate de esa manifestación contracultural ochentera. Padres lindos, macitas: toda información mínimamente verosímil (y también la inverosímil) será bien recibida. No dejemos que nuestras tradiciones edgy se pierdan: si alguien conoce otro bailarín o bailarina de rock al chile que quiera darnos un tutorial por youtube, no lo dude, la patria se lo agradecerá.
Dejo un link de lo más cercano al rock al chile que encontré. El bailarín del cinturón largo (el virtuoso, pues) ejecuta (seguramente por accidente) en el minuto 1:15 algo que parece el paso de “jugando con el yoyo” y posteriormente algo como “destapando las caguamas”. Por cierto, si les recuerda a Vahktang Chabukiani en Taras Bulba no es extravío, yo también lo pensé (bueno, no es buen parámetro, ¿verdad?).
Dejo un link de lo más cercano al rock al chile que encontré. El bailarín del cinturón largo (el virtuoso, pues) ejecuta (seguramente por accidente) en el minuto 1:15 algo que parece el paso de “jugando con el yoyo” y posteriormente algo como “destapando las caguamas”. Por cierto, si les recuerda a Vahktang Chabukiani en Taras Bulba no es extravío, yo también lo pensé (bueno, no es buen parámetro, ¿verdad?).
lunes, 15 de febrero de 2010
Kateta
Kateta (abono para el floripondio) cazadora de colobrís Ahora cuida con su sueño profundo el árbol de los sueños. Regresará convertida en flor o mariposa. Su delicada huella ya es parte del pulso de algunos corazones. Kateta ya sabe que la vida es sólo la mitad del camino.
domingo, 17 de enero de 2010
A mediodía fui a Merced y Sonora por varios víveres; hice ese recorrido que tanto me gusta y ahora sí tomé fotos. La primera foto es de la puerta principal del edificio Juana de Arco, que es una fregonería de principios del XX (según mi ignorancia). En la segunda y terceras fotos, la parte nororiental de Juanita y su derriere, respectivamente (dan a la calzada de Tlalpan). La cuarta foto es de un botecito de basura de manufactura y diseño ecosostenibles empotrado en la pared del edificio. Parece que este edificio y la iglesia que está en la glorieta (a la izquierda del Jeanne en la quinta foto) es de lo poco que aguantó el temblor del 85 en esta zona. Respecto a la iglesia, unas disculpas al hombre de Dios al que insulté en el post anterior. He descubierto que no fue suya la brillante idea de los colores nacoloniales, sino de alguna autoridá. En la sexta foto aparece una iglesia que está casi sobre la calzada de Tlalpan rumbo al norte; esa foto la tomé en junio pasado, cuando todavía conservaba su muy fregón revestimiento de tezontle y roca volcánica y seguía muy “ruinosa”. La séptima foto, desde otro ángulo, es de hoy, avanzadas las labores de “salvación” y pintada ya con los nacolores de la capillita de la glorieta. Por alguna razón que escapa a mi intelecto, los genios de la restauración mexicana tienden a ponerle "un poquitín" en la madre a los edificios que “salvan”, desmadrándoles su estética y, según yo, anulando su restauración. En fin, supongo que alguien le gustan las cosas “bonitas y padrísimas”. La última foto es de la jotógrafa, subida en soberana estructura de acero.
jueves, 17 de septiembre de 2009
sábado, 12 de septiembre de 2009
¡Descubren cenote ceremonial en la Doctores!
Ya quisieran nuestras "autoridades". No, la única noticia es que están rebanando el mítico-mágico-monumental Chipote que Crece, llamado irrespetuosamente "chipote" por el diputado que convocó al inicio de obras y que supone que Yo pedí que le dieran en la madre a tan prestigiado vestigio de civilizaciones del pasado (que ocultaron en su interior un ovni). ¿Qué había bajo el chipote? Además de agua (parece que era un "chipote de agua"), pues no sé, porque no fui al banderazo del deschipotamiento. Tampoco había puesto nada en el blog, porque atravesé por un peligroso trance de cambio de casa/bomberazo editorial. Hoy ya tengo internet, pero estuve viviendo en la damnificación como por tres semanas: con la ropa en bolsas, los trastos en cajas, sin estufa, sin teléfono; además, corrigiendo harto para editorial que lleva sus libros a la SEP y transportando mis chivitas en diablo desde mi antigua casa, pues me mudé a dos cuadras de donde vivía, así que se me hizo fácil trasportar todo en el diablo... y casi me cuesta un ovario.
¡Qué capacidad de acumular pendejadas físicas que no llegan a bienes tiene el sapiens sapiens! Una vez una persona me dijo que entre las seres humanos existía la casta ¿o raza? de los Acumuladores de Triques; y que si uno tenía en vía materna o paterna a un Acumulador de Triques, uno ya tenía un sino claro. Cuando me dijo esto, hace como cinco años, terminé por convencerme de que era un imbécil. Ahora me acordé de su sabio descubrimiento, al darme cuenta de que pertenezco a la casta de Acumuladores de Triques, y que estoy doblemente predestinada, pues mis dos donadores de materia genética también son Acumuladores de Triques. De mi madre heredé la manía de llenar los anaqueles de la cocina con trastos contenedores, que, al menos yo, termino sin usar. Mientras guardaba y tiraba sufría con ello: "¿Será que me arrepentiré de tirar este frascote de cristal que no he usado en dos años (y al que le falta la tapa)? Y estos frasquitos chiquitos tan chidos y tan útiles, ¿cómo los voy a tirar? ¿qué les puedo poner adentro? ¿por qué será que no los uso?" Y de mi padre la tendencia a guardar triques ceremoniales y emocionales: canicas, un arete que no tiene par, unas piedras, caracoles, una cintita de lentejuelas (con poderes mágicos, of course), los coches de mi hermano pequeño, una mosca de plástico chiquita, etcétera. Pero puta, una cosa es guardarlos y otra muy jodida cargarlos tres escaleras abajo y echarlos al diablo; y luego subirlos otra escalera empinada. Y luego el horrible verde que tenía el estudio nuevo y que tuve que pintar de naranja (un naranja chido). Y la estufa (¿por qué me pasan estas cosas a mí?). Primero no tenía estufa (en el otro lugar usaba una integral); luego mis progenitores me regalaron una con motivo de mi complaños (SÍ, CUMPLIMOS AÑOS VAN THE MAN Y YO: ÉL EL 31 DE AGOSTO, YO EL 8 DE SEPTIEMBRE); luego no sabía cómo conectarla; luego me traje una manguera de casa de la jefa; luego fui por un adaptador porque no encajaba la manguera; luego el adaptador estaba grande; luego de que regresé por el adaptador correcto, la conecté y calenté agua para un té: se acabó el gas; luego perseguí al camión del gas porque por las chingadas obras de deschipotamiento no pasa mero enfrente el camión; luego olía un chingo a gas cada vez que la prendía; luego un alma caritativa vino a confirmar que la había conectado bien, hizo unos pases mágicos con los quemadores Y YA: espero que no pase nada raro ahora. Por todo eso es que sigo sin carburar correctamente y ya hasta redacto así de horrible.
Fotos: del deschipotamiento. En la última, no confunda usted la actitudad meditabunda del hombre de la derecha con lelez. Ya desearían Mircea Eliade o Elias Caneti tener acceso a lo que pasa por su masa encefálica.
Aunque tarde: feliz complaños al maestro Van Morrison y a mí. Cumplí los malditos 27, lo que significa que durante los siguientes 12 meses deberé ser especialmente cuidadosa a la hora de libar. ¡Aún no quiero morir! Con todo y mudanzas y deschipotamientos, me gusta la vida.
jueves, 9 de julio de 2009
cursum perficio
Estas son las colaboraciones que durante 2 años y medio publiqué en El Financiero. Las puse en este blog para que las lean, porque probablemente nunca supieron que hacía esta columna.
http://www.manzanitapodrida.blogspot.com
http://www.manzanitapodrida.blogspot.com
miércoles, 24 de junio de 2009
¿Sabe qué está muy inn en las recesiones y no cuesta nada? Claro, la Suspensión Voluntaria de Calzado Deportivo. Cabe recordar que este deporte, también conocido como Ponerse la Corbata, sólo se puede practicar una vez (doy por sentado que los “intentos de suicidio” son mamadas de niños fresas buscando llamar la atención y de briagos amateurs). Todo auténtico suspensor voluntario del zapato-tenis lo consigue. Punto. Ahora, algún arqui o inge chilango previsor hizo estos puentecitos peatonales, diseñados específicamente para impedirle un excelente escenario para (no olvidemos a nuestros héroes periodísticos que nos dieron patria) “dirigirse al más allá”. Tiene usted las vías del metro en vertical, un puente alto, pero, oh sorpresa, un rejota infranqueable: una especie de vagina aérea que lo conduce sano y salvo al otro lado, a menos que usted pase a altas horas de la noche. Yo no le intentado, así que es pura especulación, pero tomando en cuenta que el mentado puente liga la Obrera y la Tránsito, es probable que a usted lo puedan violar, robar o matar (o los tres servicios incluidos) si cruza a deshoras. Lo interesante de estos puentes es que el inge o era existencialista, o dialéctico o tenía un sentido del humor muy tétrico, porque es probable que si uno no va lo suficientemente deprimido, esta arquitectura manchester-chilango lo suma en los abismos de la ibídem. En realidad, el diseño es retrofuturista y chingón, y a mí que no me molesta la estética chilanga de la mugre, me gusta harto este puente, pero claro, se vería distinto sin tanta porquería.
Feliz San Juan Bautista para mi jefe, y también para mi sanguaza.
sábado, 13 de junio de 2009
Leyendas urbanas: El chipote que crece
Latitud: triángulo de las Bermudas
Longitud: harta
Ubicación: a 2 cuadras del metro Niños Ebrios
Color de tez: mavimentosa parchada
Complexión: chipotuda
En el cruce de Doctor Vertiz y Doctor Velasco se encuentra el tres veces insondable Chipote Que Crece. ¿Qué es? Nadie lo sabe, o "la verdad está allá jueras" y existe un compló de nuestro risible gobierno para no revelarla. El caso es que es un chipote, y crece. ¿Cómo? ¿A quioras? Nadie lo sabe, pero incluso yo he sido testiga del sobrenatural jenómeno. Cuando trabajaba en Praxis (primavera del año del siñor 2005), el chipote era apenas un tope rasurado. Y ahora, un robusto chipotote. Diversos testigos muestran incredulidad: "vienen y cavan y le sacan y nada: sigue creciendo" (editor de la zona que no quiso identificarse). ¿Será que bajo él yacen todos los manuscritos enviados a _____ (editorial zonal de su preferencia)? ¿O restos de los autores anónimos? Por cierto, justamente entre Velasco y Navarro se halla el antiguo límite sureño de la gran Meshíco Tenustitlán. Sí, mis chingones, por acá llegaba Moctezuma, ataviado con chanclas di oro, a visitar a sus nobles o a coger o a chupar o a pachequear ¡o a citarse con los aliens que viven bajo el chipote que crece! ¿Quién puede corrobar lo contrario? La colonización ya empezó. También es neta que a dos cuadras se encuentra ese rico altar dedicado a Nuestra Señora del Mictlán; claro, la Santita tiene por acá sus aposentos. Por si las dudas (y como pronostica una leyenda maya nacida en la torre latinoamericana :: el mundo se acabará en 2012::), póngansen en paz con la Madgie mexica, nuestra señora Coatlicue.
Fotos: diversas imágenes del Chipote Que Crece. Camioneta con ñora encabronada a bordo; diversos estragos causados por el chipote; flora cercana al chipote; primerísimo plano del mismo (con todo y vestigio de civilización consumista), e te ce.
viernes, 12 de junio de 2009
El material de los sueños
(bajaré por ella) a la profundidad grandilocuente
De las manifestaciones humanas, la que más admiro (aunque bueno, admiro pocas) es la capacidad de soñar. No logro entenderla del todo, y no me preocupa hacerlo. ¿Viajes astrales? ¿Recuperaciones ópticas transformadas? ¿Formas psicológicas del inconsciente por resolver la realidad? Bah, por lo menos esta última me parece una explicación prosaica. No creo que al “sueño” le importe un comino el bienestar emocional de uno. El sueño no es un estado “humano” de uno; es un estado inhumano, en cuanto que por inhumano entiendo sobrehumano. Si me preguntaran cuál sería mi vida perfecta, respondería sin dudar: “dormida, soñando”. Si me preguntaran que empezaría a extrañar, de antemano, si supiera que voy a morir pronto, respondería, sin pose: “realmente me angustia saber que no volveré a soñar”. Si me preguntaran qué planes recreativos tengo para este año, diría: “soñar más”. Vendería mi alma por el sueño interminable. Arriesgaría mi vida por una hora entera de sueños.
Es verdad que en parte es porque soy una persona inconforme con mi realidad, con la realidad y un poco bastante pesimista en cuanto a las relaciones humanas (de cualquier tipo), pero, además, ¿qué más podría desear uno que transitar por el sueño? Abrir una tras otras las puertas de paisajes y emociones “recalcitrantes”, pleno y libre, con el peso adecuado. Cuando uno está sobrio el peso es demasiado; la prueba está en que uno se enferma de estrés, o se muerde un labio hasta producirse una herida (como yo) al no saber cómo pagará la renta. El peso es demasiado porque uno vive “prosaicamente” (al calce: 422 para Telmex; no sé cuánto del celular; 3150 de renta; 100 para un tóner, etcétera) y porque uno sabe que va a envejecer; que no hay recompensa; que de todas maneras, uno será un viejo enfermo algún día. La noción de la muerte hace que uno acometa todo con cierto grado de cansancio. Cuando uno está intoxicado, el peso es demasiado poco, tanto que uno quisiera estar intoxicado por siempre. Pero tarde o temprano llega la cruda y el peso parece insoportable. En el sueño es distinto: todo es intenso y puro. Nuestra capacidad de asombro es inconmovible a la pesadilla. Paisajes, ¡dadme paisajes! señor del Sueño, amo de los baldíos celestiales.
Todas las culturas han mostrado un respeto incomún (sí, incomún), al Sueño. Hasta el Poder le teme. No hay nadie que no se haya estremecido por un sueño; o que haya creído ver en él el futuro. Incluso el pecaminoso y recatado catolicismo no ha tenido de otra más que encontrar en él una fuerza capaz de retar a sus santos. Íncubo o súcubo, el poderoso señor ostenta su marca inconmensurable: “no me podrás descifrar (nunca)”. Todas son explicaciones, lecturas.
Traigo a colación esto porque hoy decidí tomar mi medicina por la mañana, ya que el ache vasodilatador me estaba provocando pesadillas. Sí, parece muy maniaco, pero después de siete días soñando cosas angustiosas, decidí cambiar de horario. Una de ellas me pareció muy interesante (bueno, en el momento sufrí harto), por “su lectura” del Infierno. Estaba en un paraje que se alargaba “hacia abajo”. Un hombre (que resultó ser Gandalf, de The lord of the rings) nos instruía a ocultarnos: “Ya viene; el Ángel del Apocalipsis está aquí. Huyan”. Tarde me daba cuenta que me escondía muy estúpidamente, y que probablemente me encontraría. De pronto vi entrar su hocico en la cavidad donde me encontraba. El ángel era horripilantemente espantoso: una mezcla de T-rex con gato japonés de esos que no tienen pelo, del color de las ratas recién nacidas. (¿Nunca han visto una rata recién nacida? Se han perdido de sentir una ternura nauseabunda). El ángel me encontraba y me devoraba. Se supone que uno no puede morir en sueños, así que el acto de “devorar” era distinto: yo observaba “físicamente”, desde donde estaba, al ángel llevarse una especie de holograma mío a la boca, y entonces comenzaba a sufrir “el infierno”: una mezcla de dolor físico con la angustia de la conciencia de que ese dolor “era para siempre”; de que yo no iba a morir y sufriría, cada día, cada hora, cada segundo, “literalmente” “eternamente”. Me costó trabajo despertar, y luché para no volver a dormirme inmediatamente (para no volver a sentir eso).
Ayer ya no tuve pesadillas. Soñé mi ciudad, que nunca es ésta. En mi sueño había unas como chimeneas en un barrio chino, pero instalado más al poniente, sobre la México-Tacuba. En las chimeneas había aves, y alguien preguntaba: “¿Y en tu poema, dónde están las aves? Óyelas, lo que dicen es intraducible, ¿cómo podrás reproducirlo? ¿Podrás hablar de su vida misteriosa y mágica (y sin embargo prosaica) en estas chimeneas? Debes encontrar un párrafo para las aves”. Me desperté pensando si sería cierto. Odio a las palomas (inmundas palomas). Me gustan muchos los zanates y les tengo cierta simpatía a los gorriones. Pero no se me había ocurrido “concentrarme” en las aves. Últimamente sueño mucho a mi hermano. La última vez, por primera vez, lo soñé como es hoy. Siempre lo sueño como cuando era niño. El sueño es capaz de negar al tiempo: él es mi juguete. Resulta que yo era adolescente y el era un muñeco que creía. Hasta ahora, todos los niños varones de entre 6 y 9 años me parecen angelicales, pero ninguno tanto como ese muchachito que me pedía que viera “la telita” con él. No lamento que haya crecido, pero agradezco recuperar su luz infantil en el sueño. Me despierto y digo: “nadie lo tiene como yo: para nadie es tan mío como para mí”.
El sueño tiene todas las ventajas sobre la vida: uno es siempre vital; uno se maravilla; uno “no se puede” morir; uno descubre cosas nuevas siempre (o sea, uno es “forever young”); el sueño no tiene consecuencias; uno es libre; (incluso) uno se puede avergonzar sin sentir vergüenza por ello. Lo que me lleva a preguntarme: ¿podría vivir siempre dormida? ¿Es que el sueño posee toda esta belleza, ÚNICAMENTE, porque uno despierta a la prosaica realidad?
(subiré con ellas) desde la profundidad arrebolada
De las manifestaciones humanas, la que más admiro (aunque bueno, admiro pocas) es la capacidad de soñar. No logro entenderla del todo, y no me preocupa hacerlo. ¿Viajes astrales? ¿Recuperaciones ópticas transformadas? ¿Formas psicológicas del inconsciente por resolver la realidad? Bah, por lo menos esta última me parece una explicación prosaica. No creo que al “sueño” le importe un comino el bienestar emocional de uno. El sueño no es un estado “humano” de uno; es un estado inhumano, en cuanto que por inhumano entiendo sobrehumano. Si me preguntaran cuál sería mi vida perfecta, respondería sin dudar: “dormida, soñando”. Si me preguntaran que empezaría a extrañar, de antemano, si supiera que voy a morir pronto, respondería, sin pose: “realmente me angustia saber que no volveré a soñar”. Si me preguntaran qué planes recreativos tengo para este año, diría: “soñar más”. Vendería mi alma por el sueño interminable. Arriesgaría mi vida por una hora entera de sueños.
Es verdad que en parte es porque soy una persona inconforme con mi realidad, con la realidad y un poco bastante pesimista en cuanto a las relaciones humanas (de cualquier tipo), pero, además, ¿qué más podría desear uno que transitar por el sueño? Abrir una tras otras las puertas de paisajes y emociones “recalcitrantes”, pleno y libre, con el peso adecuado. Cuando uno está sobrio el peso es demasiado; la prueba está en que uno se enferma de estrés, o se muerde un labio hasta producirse una herida (como yo) al no saber cómo pagará la renta. El peso es demasiado porque uno vive “prosaicamente” (al calce: 422 para Telmex; no sé cuánto del celular; 3150 de renta; 100 para un tóner, etcétera) y porque uno sabe que va a envejecer; que no hay recompensa; que de todas maneras, uno será un viejo enfermo algún día. La noción de la muerte hace que uno acometa todo con cierto grado de cansancio. Cuando uno está intoxicado, el peso es demasiado poco, tanto que uno quisiera estar intoxicado por siempre. Pero tarde o temprano llega la cruda y el peso parece insoportable. En el sueño es distinto: todo es intenso y puro. Nuestra capacidad de asombro es inconmovible a la pesadilla. Paisajes, ¡dadme paisajes! señor del Sueño, amo de los baldíos celestiales.
Todas las culturas han mostrado un respeto incomún (sí, incomún), al Sueño. Hasta el Poder le teme. No hay nadie que no se haya estremecido por un sueño; o que haya creído ver en él el futuro. Incluso el pecaminoso y recatado catolicismo no ha tenido de otra más que encontrar en él una fuerza capaz de retar a sus santos. Íncubo o súcubo, el poderoso señor ostenta su marca inconmensurable: “no me podrás descifrar (nunca)”. Todas son explicaciones, lecturas.
Traigo a colación esto porque hoy decidí tomar mi medicina por la mañana, ya que el ache vasodilatador me estaba provocando pesadillas. Sí, parece muy maniaco, pero después de siete días soñando cosas angustiosas, decidí cambiar de horario. Una de ellas me pareció muy interesante (bueno, en el momento sufrí harto), por “su lectura” del Infierno. Estaba en un paraje que se alargaba “hacia abajo”. Un hombre (que resultó ser Gandalf, de The lord of the rings) nos instruía a ocultarnos: “Ya viene; el Ángel del Apocalipsis está aquí. Huyan”. Tarde me daba cuenta que me escondía muy estúpidamente, y que probablemente me encontraría. De pronto vi entrar su hocico en la cavidad donde me encontraba. El ángel era horripilantemente espantoso: una mezcla de T-rex con gato japonés de esos que no tienen pelo, del color de las ratas recién nacidas. (¿Nunca han visto una rata recién nacida? Se han perdido de sentir una ternura nauseabunda). El ángel me encontraba y me devoraba. Se supone que uno no puede morir en sueños, así que el acto de “devorar” era distinto: yo observaba “físicamente”, desde donde estaba, al ángel llevarse una especie de holograma mío a la boca, y entonces comenzaba a sufrir “el infierno”: una mezcla de dolor físico con la angustia de la conciencia de que ese dolor “era para siempre”; de que yo no iba a morir y sufriría, cada día, cada hora, cada segundo, “literalmente” “eternamente”. Me costó trabajo despertar, y luché para no volver a dormirme inmediatamente (para no volver a sentir eso).
Ayer ya no tuve pesadillas. Soñé mi ciudad, que nunca es ésta. En mi sueño había unas como chimeneas en un barrio chino, pero instalado más al poniente, sobre la México-Tacuba. En las chimeneas había aves, y alguien preguntaba: “¿Y en tu poema, dónde están las aves? Óyelas, lo que dicen es intraducible, ¿cómo podrás reproducirlo? ¿Podrás hablar de su vida misteriosa y mágica (y sin embargo prosaica) en estas chimeneas? Debes encontrar un párrafo para las aves”. Me desperté pensando si sería cierto. Odio a las palomas (inmundas palomas). Me gustan muchos los zanates y les tengo cierta simpatía a los gorriones. Pero no se me había ocurrido “concentrarme” en las aves. Últimamente sueño mucho a mi hermano. La última vez, por primera vez, lo soñé como es hoy. Siempre lo sueño como cuando era niño. El sueño es capaz de negar al tiempo: él es mi juguete. Resulta que yo era adolescente y el era un muñeco que creía. Hasta ahora, todos los niños varones de entre 6 y 9 años me parecen angelicales, pero ninguno tanto como ese muchachito que me pedía que viera “la telita” con él. No lamento que haya crecido, pero agradezco recuperar su luz infantil en el sueño. Me despierto y digo: “nadie lo tiene como yo: para nadie es tan mío como para mí”.
El sueño tiene todas las ventajas sobre la vida: uno es siempre vital; uno se maravilla; uno “no se puede” morir; uno descubre cosas nuevas siempre (o sea, uno es “forever young”); el sueño no tiene consecuencias; uno es libre; (incluso) uno se puede avergonzar sin sentir vergüenza por ello. Lo que me lleva a preguntarme: ¿podría vivir siempre dormida? ¿Es que el sueño posee toda esta belleza, ÚNICAMENTE, porque uno despierta a la prosaica realidad?
(subiré con ellas) desde la profundidad arrebolada
martes, 9 de junio de 2009
Katuno 2.0
¿En qué consiste la terapia prehistórica? Meterse en algún lugar calientito y cómodo (o sea, la cama) y estacionarse ahí, todo el día de ser posible. Dormir y dormir lo más posible. Lo intenté, y casi lo consigo, de no ser porque un escuincle prehistórico estuvo llorando en la cueva de interés social de a lado desde las 6 de la mañana y porque, como a partir de las diez y hasta las doce, unos neandarthales callejeros estuvieron emitiendo gritos y otros sonidos inarticulados con algún primitivo propósito que no alcancé a dilucidar. En serio, cuando me levanté de la cama me pregunté cómo era posible que en "esta economía" terrible y despiadada individuos tan elementales pudieran sobrevivir. Parece exageración, pero no. Dos sujetos estuvieron jugando por horas el juego "yo grito como si me estuvieran matando, tú te ríes". Durante todo ese tiempo no les escuché decir una palabra.
viernes, 5 de junio de 2009
fallas técnicas
(por si no lo saben) (que es lo más probable) para escribir _____________ (proyecto fonquiano) son necesarias las “rutas”. ¿Qué son las chingadas rutas? ¿Cómo se insertan en el lenguaje poético? Son demasiadas preguntas al mismo tiempo. El caso es que el flâneur ha estado desde febrero del año pasado haciendo sus mentadas rutas. Pero hay que recordar que el flâneur estuvo deprimidito el Año del Chahuiztle 2008 y enfermo como por cinco meses repartidos en dos grandiosos periodos de fiebre, dolor y muchas cosas feas. Así que, por supuesto, no terminó sus chingadas rutas en el año de beca (amén de que varias se redefinieron), y después ha tenido que parir chayotes para conseguirlo. Por fortuna, el flâneur ha recuperado su vigorosa salud (juar juar) y ya es feliz (algo así). Para hacer esta ruta, tuvo que espiar al servicio meteorológico y ¡despertarse a las siete a eme! (horror) Pero finalmente el jueves lo consiguió (el lunes lo intentó, pero los cinco minutos de remolona se convirtieron en una hora y ya no iba a ser “válido” para la ruta). Intentó tomar al mismo tiempo unas fotos, pero nunca ha sido más cierto eso de que no se puede chiflar pinole y comer al mismo tiempo. Con el cuaderno de notas en una mano, las fotos tomadas con la otra salieron “medio” movidas u oscuras o fuera de foco. (Créanme que me menté la madre cuando vi el san miguel movido; era buena foto.) Aquí están las rescatadas de un centro mañanero y que quizás algunos de astedes no conozcan. Vale la pena llegar un día a las ocho a eme a Arcos de Belén para internarse en la zona decó del centro y luego cruzar el eje hacia las Vizcaínas y meterse hasta el fondo por Moneda o Jesús María a la mera gloria del barroco novohispano (¿pleonasmo?). El centro a esa hora es otra cosa. Es decir, deja de ser la cosa esa atestada de turistas, viejitos que no tienen nada qué hacer en su casa y que abusan de que les sale gratis el metro, mendigos, ambulantes, clientes, jueces, legisladores y otros especímenes de cuidado.
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