domingo, 1 de mayo de 2011

La pesadilla más horrible de mi vida (19/12/2010)

Soy adolescente otra vez. Estudio la prepa, seguramente. Y estoy en el Estado de México; lo sé porque exponemos temas relacionados con él: cultura o economía, cosas por el estilo. Nuestras exposiciones son rápidas y grupales. Uno de los grupos empieza a hacer una exposición que me permite saber cuál es la realidad (me doy cuenta de que soy una fuereña): mencionan nombres de grupos de bandas y criminales que me suenan extravagantes; apodos de matones que caen para ser sustituidos por otros apodos de matones. La clase termina, caminamos en grupo hacia la salida; estamos cerca de la calle cuando nos intercepta un grupo de muchachos, de nuestra edad, con arma corta. Nos zahieren con cualquier cosa. No alcanzo a escuchar, sólo me doy cuenta de que me encuentro entre el grupo de chicos de la exposición denunciante, y tengo la impresión de que esto puede acabar muy mal. También me doy cuenta de que vengo vestida muy llamativamente: traigo unas mallas y una minifalda; chaqueta negra de cuero. Y sí, justo cuando el jefe de la banda se da la vuelta con sus hombres, una estudiante le dice algo relativo a los güevos. Gran error. El chico se regresa, le dice que él tiene todos los güevos del mundo, pero que si le faltan, no hay problema; a su lado siempre hay alguien que tiene muchos y que, al contrario que él, “no tiene corazón”. “Te voy a demostrar.” Me he apresurado mucho cuando él se dio la vuelta y ahora estoy hasta el frente del grupo. Me toma el cabello con una mano y me tira al suelo. Llama a alguien. Un gordo se acerca; trae una escopeta en la mano. Alguien me levanta, de nuevo del cabello, y me indica la dirección a mirar y la posición a asumir. Estoy de frente a los estudiantes. Están nerviosos, pero se ven decididos a no aflojar su discurso relativo a los güevos. Busco los ojos de mis compañeros, intentando mandar un mensaje que les indique que mi vida está en sus manos, pidiéndoles que cedan. Estoy callada y relativamente tranquila; pienso en que todo debe salir bien; éste no puede ser mi último día. Todo me parece una locura, y el miedo se siente en el aire; “somos tan poca cosa sin una pistola”, pienso. De pronto siento el cañón de la escopeta en el cráneo. Se acabó la dignidad; me flaquean las rodillas. Hay gritos: algo dicen de que si la vida de esta perra no vale nada. Me echo al suelo, comienzo a llorar. Comienzo a suplicar. Sé que es el acto más indigno, me siento profundamente avergonzada de mí misma, pero creo no tener otra salida. “No los escuches, le digo al chico que da las órdenes, yo sí te creo. No me mates.” Por respuesta obtengo que el gordo me acaricie la cara con la boca del cañón de la escopeta. Sigo llorando desconsoladamente. Cierro los ojos. Siento al gordo apuntar a mi cráneo. Ya basta; que jale del gatillo. Mejor no, quiero vivir. Que esta mierda se acabe. Los miembros de la gavilla estallan en risas a causa de la escena que les he regalado. “Una vieja chillona más.” Puta y chillona, dice alguien. “Como todas.” Me levantan del pelo; miran a los otros jóvenes retadoramente, me avientan hacia ellos. Se dan la media vuelta.

Sí, estoy bien, no, no quiero agua; déjenme en paz; casi me matan por culpa de ustedes. Pienso salir por otro sitio, ¿pero por dónde? Ni siquiera conozco esta escuela; parece enorme; debe ser un CCH. Hay unas escaleras frente a esa reja que sirvió de mi paredón. Ahora me doy cuenta de que los chicos armados nunca entraron por esa reja, una malla metálica en realidad. Había un agujero, y yo cometí el error de salir demasiado pronto por el agujero. Los estudiantes siempre estuvieron del lado seguro de la malla, y yo, como una cucaracha, aplastada desde el otro lado. Los estudiantes están nerviosos, pero parecen resignados. Seguramente esto ocurre aquí a diario. Las “escaleras” no son en realidad unas escaleras; los escalones son muy altos y están cubiertos en partes por vegetación: parece una escultura rota habilitada como una peligrosa escalera. Subo por ahí. Voy a bajar por otras escaleras (éstas de verdad) cuando veo que desde esa dirección se aproximan unos hombres armados. Me doy la vuelta, junto con los otros chicos, que ahora sí se ven asustados. Deduzco que esto no es normal.

Regreso por donde venía. Comienzo a saltar los escalones cuando veo entrar por el agujero a los chicos de la primera banda. Subo trepando las escaleras. Es absurdo, es demente; estamos a punto de ser atrapados en fuego cruzado. Uno de los que entró por el agujero me alcanza, me toma del brazo. Me dice: “Vas a fingir que eres mi novia”. Me doy cuenta de que el lugar está lleno de chicas que gritan y suplican; y de chicos armados que las conducen como escudos humanos. Alguien oficia como amedrentador de masas; grita: “A las de cabello corto, las rapamos”. Se acerca a una; trae una navaja en la mano. Le corta un mechón de cabello. No es en serio; es sólo terror psicológico. Pasa junto a mí y hace lo mismo. Su estrategia funciona: tiemblo de miedo. Además, no fue muy cuidadoso: me tocó el cuello, tengo una herida. “Mi novio” me tranquiliza: “es sólo un rasguño. Ese pendejo no hace daño; de lo único que es capaz es de violar niñas”. Me sonríe. Me simpatiza. ¿Me simpatiza? Me doy cuenta de que estoy sufriendo síndrome de Estocolmo. ¡Hasta me empiezo a sentir enamorada de él! Es mi hombre; es mi salvador. Desde un portón al fondo del pasillo (se trata de un pasillo donde convergen las dos escaleras) entran los miembros de la otra banda, los que venían desde adentro del plantel. “Al suelo”, grita alguien. Los chicos armados nos abrazan (somos novios, recuerdo) mientras nos apuntan con sus escuadras. No quiero morir hoy; no quiero. Me aferro a “mi novio”; lo abrazo, incluso actúo como si fuera su novia. Ni que fuera necesario. Se trata de una falsa representación. La escena es macabra: todos estamos hincados en el piso; las chicas abrazadas fuertemente por jóvenes armados. Los jóvenes que han entrado (también armados con escuadras) y no saben qué hacer; no se animan a disparar. Frente a mí, de espaldas, se encuentran de novias de un matón dos chicas; las reconozco, estaban en mi clase. Desde atrás de mí surge un chico: sólo veo su brazo y la daga de veinte centímetros que trae en la mano. Se la hunde por la espalda, a la altura del corazón, a la chica que tengo en frente. ¿Qué pasa? ¿Por qué hizo eso? ¿Está drogado? ¿Estoy alucinando? Esto es maldad. Incluso para el contexto, eso es violencia innecesaria.

Se acabó la calma chicha. Los hombres que nos abrazan se levantan y se cubren entre las columnas; los que vienen llegando comienzan a disparar. Las mujeres corremos. Veo las falsas escaleras; voy de bajada, me voy a romper las rodillas, pienso. En el pasillo se escuchan disparos, gritos, amenazas. Me van a matar, reconsidero. Me aviento escaleras abajo. Me sorprende la facilidad con que bajo, casi parezco una atleta. Observo que detrás de la malla metálica y por adentro de ella hay militares. Aguardan en la posición de siempre de los militares. Doy vuelta a la derecha. Ahora sé dónde está la salida. Al final de unas largas escaleras de piedra. Primero hay una reja de barrotes gruesos. La reja se abre y entra una mujer con cámara de video. Una periodista, pienso; estamos salvados: los militares no dispararán contra nosotros. Comienzo a subir las escaleras. Seré la primera en escapar. Voy a ver a mis padres; estarán alegres de que esté viva. Entonces escucho la metralla de los militares. Es un sonido espantoso; un sonsonete turbio y aterrador. Corro más rápido. Disparan hacia acá. No es posible. ¿Por qué me disparan? Estoy a dos metros de la puerta. No puede ser. No siento dolor, pero veo mis pies llenos de sangre. Pienso en todo lo que hice para salvar la vida, y venirla a perder de esta manera. No puede ser. Me toco el pecho: ojalá sea un pulmón y no el corazón. También tengo la impresión de que tengo unos agujeros en la cadera. Que tenga remedio; que me cosan los doctores. Se me nubla la vista; veo las escaleras como si estuvieran cubiertas de humo; las lámparas de la calle parecen siniestras antorchas. Estoy aterrada. Me voy quedando sin mente. No puede ser: “era tan joven, tenía tantas cosas qué hacer (mis padres; la morgue; mi cuerpo destrozado)” alcanzo a pensar, mientras toco la puerta de la entrada, casi a gatas. “No puede ser.” En serio voy a morir. Escucho entonces, y ello me convence de que voy a morir, la voz se Lisa Gerard. Cierro los ojos y entonces pienso: “No puede ser; debe ser un sueño”. Y abro los ojos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

"los chicos" no hacen comentarios y "una estudiante" no dice:Esta boca es mia.

Anónimo dijo...

Thanks for introduce me to "dead can dance"

Martín dijo...

Una experiencia cercana a la experiencia misma.
Si la vida es un sueño, al menos ya sabemos a qué atenernos.
Saludos.