Entre los libros de escritores emergentes aparecidos el año pasado llama poderosamente la atención Tránsito, de Claudina Domingo (México DF, 1982). Se trata de un auténtico proyecto poético, un texto maduro surgido de la reflexión y el rigor. 24 poemas-crónica o un poema-día en el que la escritora sale a las calles de la ciudad de México en busca de todo lo que ésta pueda ofrecerle. El Distrito Federal arroja a sus sentidos una infinidad de estímulos, que Domingo organiza en una prosa encendida, de gran riqueza sensorial.
La poeta refunda la ciudad para sí –ha comparado su libro a una maqueta–, sin perder de vista a los antiguos cronistas (Bernal Díaz del Castillo, Bernardo de Balbuena), con quienes dialoga. Lo oído, lo visto, lo olido, lo leído, lo sentido, lo vivido: todo se incorpora en una prosa que no atiende puntuación alguna, en la que los paréntesis y los blancos establecen el ritmo de la lectura. Lo que en Miel en ciernes (2005) se anunciaba, aquí son hechos concretos: una dicción propia, que permite ubicar la propuesta de Domingo entre las más prometedoras de la poesía mexicana contemporánea.
Del Centro a Tlatelolco, sin esquivar los hirientes contrastes santafecinos, Tránsito es un libro que se niega a contemplar desde la distancia. Su vocación no es retratar la ciudad sino volverse una parte (desencantada) de ella. Donde otros siguen la ruta de lo estable y lo cristalino, en esa suerte de orientalismo impostado, Claudina Domingo se ensucia las manos para encontrar vestigios de lengua viva.
Caballito de Troya (reloaded)
domingo 5 de febrero de 2012
Sobre Minotauromaquia, de Tita Valencia
“Amor: el dolor está iracundo conmigo”, escribió Tita Valencia en Minotauromaquia (Joaquín Mortiz, 1976; Lecturas Mexicanas, 1999), novela autobiográfica, crónica poética intimista, ensayo apasionado sobre el amor que reúne las cualidades de un libro inclasificable extraviado en los anales de la rareza literaria. Minotauromaquia comienza con la promesa de novelar un desencuentro amoroso: la primera persona que narra parece llamarnos a convivir con sus fantasmas frente al muro de sus lamentaciones. Pero pronto la prosa se torna poética y termina ensayando en torno al amor desgraciado. Discurre, como todo amor neurótico, por un laberinto donde el sentido de los acontecimientos cambia con la puesta en escena del amor: hoy promesa, un día condena, jamás presente: el amor imposible se escapa hacia el infinito. Como todo relato autobiográfico busca la curación; exorcizar por medio del lenguaje los demonios que afligen a la carne y al espíritu; entonces la poesía, más allá del recurso literario, cumple las funciones del encantamiento ritual: es una sensual y barroca oración de la hija del Hombre, de la amante burlada que, ante el descubrimiento de las atrocidades cometidas contra su amor, se convierte es diosa vengativa y pronuncia una condena irrevocable contra el padre-hijo, el maestro capitán, el amigo-verdugo, a quien receta el más amargo de los venenos: la ponzoña femenina por la cual el que fue héroe se convierte en payaso, el demiurgo en golem. ¿Qué es más duradero que el amor de una mujer? Su rencor.
Se dirá entonces que Tita Valencia es una autora feminista interesada en hacer caer la patética máscara del Gran Amor y revelarnos la larga mancha de la lepra psicosocial del amor de la mujer entregada: la voracidad con que se consagra a convertirse en espejo para la egomanía masculina. Sin embargo, esto sólo es un accidente producto de su acerada lucidez; la autora nos advierte que no le interesa el feminismo: “Yo siempre entendí que la mujer sólo es capaz de amar a Dios en su forma viril y humana”. Así desenvuelve una neurosis mítica, por la cual la Mujer, para no desgarrarse en un mundo hostil hacia la hembra solitaria, se arroja a la hoguera del amor para convertirla en altísima torre, observatorio alejado de la vanidad y de la banalidad desde el cual la crucificada ve pasar al mundo.
Como en toda relación de amor atormentado, hay un misterio escabroso; un algo innombrable que es la fuerza motriz de todas las palabras y que se disfraza de nada y burla al que sufre su desventura: la amante solitaria, tras alcanzar la revelación, es asaltada por la demencia. Pero el que la narradora sea conducida a un manicomio no la hace psiquiatrizar su historia ni su empresa: ¿qué queda del amor cuando ya no queda nada? Tita Valencia se consagra a la obsesión de los fanáticos del amor: desenmascarar a los que no creen en él: “El error —creo— está en hacer una mística de las relaciones humanas. Se aterra al prójimo”.
Simbólico y alegórico siempre, se propone desentrañar el misterio entre misterios: un tríptico (las varias caras de una relación pasional), varios rezos, los mitos clásicos observados desde el xx, las figuras bíblicas que un hombre y una mujer, tarde o temprano, terminan representando. Minotauromaquia busca desarrollarse en la narrativa, sucumbe a la poesía y, ante la incapacidad de ambas para proporcionar el alivio catártico, recurre a la reflexión, a la autobiografía y al simbolismo; las joyas que Minotauromaquia ofrece se encuentran en lo pantanoso de sus reiteraciones; son luminosos aforismos y centelleantes “actos de poesía”.
Tita Valencia nació en la Ciudad de México en 1938 y se ha desempeñado como pianista concertista, promotora cultural en México y en el extranjero y como guionista para Radio UNAM y los canales 11 y 13 de televisión. Es autora también del libro de poesía El Trovar Clus de las jacarandas (Ala del Tigre, 1995), y de Urgente decir te amo (1932-1942) (El Colegio de San Luis, 2007), novela biográfica que recopila la correspondencia amorosa entre su madre y su padre, fallecido este último prematuramente a la edad de 35 años.
Texto publicado en el periódico Milenio, en su suplemento Laberinto, el 28 de enero de 2012.
Texto publicado en el periódico Milenio, en su suplemento Laberinto, el 28 de enero de 2012.
Reseña de Tránsito por Sergio González Rodríguez
Claudina Domingo (1982) ha retomado la tradición de los poetas urbanos de la literatura mexicana para trazar su propio itinerario en el libro Tránsito (Tierra Adentro). El resultado es magnífico por su tenaz contemporaneidad y su esmero formal. Su voz se une a la de Gutiérrez Nájera, Novo, Huerta, Paz, Lizalde, Bolaño que, en poco más de un siglo, lograron consignar el efecto de lo moderno, donde todo lo sólido se desvanece en el aire y arroja los despojos de una promesa en perpetuo suspenso.
Desde la posmodernidad de los tiempos actuales, la propuesta de Claudina Domingo puede percibir con todos los sentidos, no sólo con la mirada, la materia y la sustancia de una ciudad espesa y compleja, telúrica y edificada, la capital mexicana que enfrenta su desgaste irremediable todos los días, lastre de aspiraciones y propósitos fallidos que se acumulan con los siglos: la vital resistencia de las personas impregnada en sus casas, barrios, calles, monumentos, palacios, plazas, avenidas, atmósferas. La obsesiva ciudad y su presencia múltiple: “una ciudad que no teme al precipicio”, apunta la poeta.
Para ella, el registro suele ser análogo de norte a sur, de oriente a poniente en un entorno lacustre yacente bajo sus pasos, que atestiguan la construcción de la iniquidad secular, los restos del ocio contra lo productivo, de la imposibilidad y sus márgenes: “caminamos por Bucareli expelidos por una tragedia de/ bar botellas rotas palabras erguidas sobre la mesa/ (parecen tan fláccidas a la intemperie) el frío abre un/ par de botones a la borrachera las aceleraciones de la/ última caguama rumian largo y feroz (claman por más/ fermentación) la ciudadela expone su reluciente/ basura (la indigencia guarecida por harapos)”. En Tránsito, se observa una poética similar a la de Feli Dávalos (1982) en Morir mejor.
La ciudad de Claudina Domingo se recorre como se desplaza la mirada por las páginas de un libro: el libro/ciudad reproduce una red de vínculos literarios, afectivos, hecha de citas, ecos, palabras, lecturas que transcurren los siglos y recalan en la paseante que se ve abrumada por su peso hasta que consigue darle un orden de versos, pausas, silencios, imágenes, descripciones, y entonces el poema le da al caos enervante un punto de fuga. La dureza cotidiana evoca los sueños y se instala en el centro de un mundo personal.
Tránsito es un mapa y, al mismo tiempo, el cuaderno de apuntes de una viajera urbana que recupera la ciudad inabarcable mediante la recopilación de sus fragmentos. En tal sentido, el libro puede leerse como una aplicación del método de collage/montaje de los vanguardistas del siglo anterior, y su proceso creativo semeja al de aquellos artistas que, en sus vagabundeos urbanos, recogían piedras, desechos, objetos, insignificancias de un pasado en ruinas que podía ser reconstituido para ofrecerle una dignidad inédita al insertarlo en otro marco creativo. Así, pleno de fulguraciones, Tránsito.
Poema narrativo de alcance amplio, cinemático y desplegable, fragmentario y unido al mismo tiempo, el notable libro de Claudina Domingo documenta una visión generacional que contempla la realidad áspera como un desafío al que debe enfrentarse con las armas de la imaginación y la entereza de ánimo: en ella son ajenos el desencanto (¿cómo experimentarlo frente a algo que en sí es desencantado?), la nostalgia (¿cómo ser nostálgico de algo saturado de nostalgia?) y el pesimismo (¿cómo padecer una fatalidad sin caer en la autocompasión?). Lo suyo es la lucidez (suerte de reflejo de la luz del altiplano), el feroz entendimiento de la adversidad que adviene compañía urgida de diálogo. En las páginas de Tránsito, el ciclo de la Historia se vuelve un verso portátil.
Texto aparecido en el periódico Reforma, el sábado 6 de agosto de 2011, en la columna Noche y Día del autor.
lunes 19 de septiembre de 2011
Trepidaciones
(4) TREPIDACIONES
persevera en el instante y no es nostalgia (añicos de acetatos) los cabellos lacios de un petróleo sideral bajo el sol nuevo (verde esmeralda) no se resiste a la expulsión del muro ventanas 3 y 4 ausentes (las otras encaje de azúcar) subeibajas oxidados
(persevera) el desmantelamiento de un día en sus horas imposibles
dices (impávido) “el día salió de la madrugada como una rata reventada” (averiada) la naturaleza arrebató su impuesto a la ciudad “ni tiempo te dio de sacar tus chivas” no crees a los ojos hasta que el perfume a muerto (o gas) crece con los días (luego susurras) “cientoveinte segundos contra la ciudad” (hoy nada quieres saber de sus trepidaciones) apilaron a los muertos “en esta esquina” intentaron la resucitación más adelante entre varillas (viguetas) plafones tuberías buscaron lo que no había digerido la devoradora “cualquier pendejada y se nos viene todo encima” tropezaron con los restos de la muchacha (que amaneció bajo un cielo de cascajo)
tela de araña (el portal) Gran Hotel o clínica una resbaladilla sostenida sobre tres piedras el jilguero estropeado de un columpio (vigas de madera) “nunca más” (nunca más) 151-49-30 la herida del fresno (franca) el templo socavado (antes de que el metro desaparezca en la entraña épica de la ciudad) amasijo (naturaleza atropellada) apilar escombros (no son lo que parecen) fragmentos de una constelación que no volverá a alinearse decir “una ciudad no se levanta por sí misma” (se derrumba por sí sola) “sólo al nombrarla es que se erige”
pausa (rebobina) a la modernidad le gusta hacerse esperar (sabe que te la saboreas como esos dulces que tenían un cubierta de papel y pistaches en lo blanco) mientras buscas en la fayuca un disco de pink floyd que todavía no llega (generosa) te pone en las manos un día que nunca se parezca a otro el “no puede ser” que tendrá que convertirse en leyenda
una falla (toda la ciudad pendiente de una falla) pero es “break” no “wrong” y la han traducido mal “un quiebre” “un rompimiento” un tirón en el tendón de Aquiles de la ciudad fractura y desgarre (destripe de ladrillos y azulejos) aprender a vivir en su cadáver (es necesario) aprender a vivir con su cadáver (de su cadáver) cables que llevan luz a ninguna parte un datsun con hologramas chinos (encallado hace veinte años) la Tránsito asentada en los baldíos de la memoria te fuiste de cotorreo (y regresabas) lo cuentas cada que te ponen este rosario en las manos (dices) “el destino tiene esta cara” la cara que puse cuando vi que donde hubo casa la ruina se mecía sobre sus garfios de gárgola
jueves (cascajo) ¿cuál forense? “ya así a la delegación”
(te chingaron) princesa ¿o te chingaste? tendrás que esperar otro par de decenios para ver caer la trabe que entonces solo flaqueó (se inclinó un poco) y se acodó en una rampa suponer las ruinas (entrar bajo sus columnas trituradas que les dan estatura de santas) aquilatar los residuos de colores carteles historietas luego aventarse como siempre a la posibilidad de lo posible llegará un día en que no tengas que esperar dos años para ver las películas una semana (¿un jueves?) quizá un año llegue y diga “vine a resarcirme”
mientras tanto (el miedo) no se va (se niega) se asoma a cada rato y musita “ahorita regreso” (nunca más) confiarás en su corazón de cisterna vacía (a veces) te detendrás con el pulso en desbandada hasta asegurarte que es sólo un torton (el que pasa)
mientras tanto ¿por qué la falta de fe en el futuro?
para José Francisco Zapata
persevera en el instante y no es nostalgia (añicos de acetatos) los cabellos lacios de un petróleo sideral bajo el sol nuevo (verde esmeralda) no se resiste a la expulsión del muro ventanas 3 y 4 ausentes (las otras encaje de azúcar) subeibajas oxidados
(persevera) el desmantelamiento de un día en sus horas imposibles
dices (impávido) “el día salió de la madrugada como una rata reventada” (averiada) la naturaleza arrebató su impuesto a la ciudad “ni tiempo te dio de sacar tus chivas” no crees a los ojos hasta que el perfume a muerto (o gas) crece con los días (luego susurras) “cientoveinte segundos contra la ciudad” (hoy nada quieres saber de sus trepidaciones) apilaron a los muertos “en esta esquina” intentaron la resucitación más adelante entre varillas (viguetas) plafones tuberías buscaron lo que no había digerido la devoradora “cualquier pendejada y se nos viene todo encima” tropezaron con los restos de la muchacha (que amaneció bajo un cielo de cascajo)
tela de araña (el portal) Gran Hotel o clínica una resbaladilla sostenida sobre tres piedras el jilguero estropeado de un columpio (vigas de madera) “nunca más” (nunca más) 151-49-30 la herida del fresno (franca) el templo socavado (antes de que el metro desaparezca en la entraña épica de la ciudad) amasijo (naturaleza atropellada) apilar escombros (no son lo que parecen) fragmentos de una constelación que no volverá a alinearse decir “una ciudad no se levanta por sí misma” (se derrumba por sí sola) “sólo al nombrarla es que se erige”
pausa (rebobina) a la modernidad le gusta hacerse esperar (sabe que te la saboreas como esos dulces que tenían un cubierta de papel y pistaches en lo blanco) mientras buscas en la fayuca un disco de pink floyd que todavía no llega (generosa) te pone en las manos un día que nunca se parezca a otro el “no puede ser” que tendrá que convertirse en leyenda
una falla (toda la ciudad pendiente de una falla) pero es “break” no “wrong” y la han traducido mal “un quiebre” “un rompimiento” un tirón en el tendón de Aquiles de la ciudad fractura y desgarre (destripe de ladrillos y azulejos) aprender a vivir en su cadáver (es necesario) aprender a vivir con su cadáver (de su cadáver) cables que llevan luz a ninguna parte un datsun con hologramas chinos (encallado hace veinte años) la Tránsito asentada en los baldíos de la memoria te fuiste de cotorreo (y regresabas) lo cuentas cada que te ponen este rosario en las manos (dices) “el destino tiene esta cara” la cara que puse cuando vi que donde hubo casa la ruina se mecía sobre sus garfios de gárgola
jueves (cascajo) ¿cuál forense? “ya así a la delegación”
(te chingaron) princesa ¿o te chingaste? tendrás que esperar otro par de decenios para ver caer la trabe que entonces solo flaqueó (se inclinó un poco) y se acodó en una rampa suponer las ruinas (entrar bajo sus columnas trituradas que les dan estatura de santas) aquilatar los residuos de colores carteles historietas luego aventarse como siempre a la posibilidad de lo posible llegará un día en que no tengas que esperar dos años para ver las películas una semana (¿un jueves?) quizá un año llegue y diga “vine a resarcirme”
mientras tanto (el miedo) no se va (se niega) se asoma a cada rato y musita “ahorita regreso” (nunca más) confiarás en su corazón de cisterna vacía (a veces) te detendrás con el pulso en desbandada hasta asegurarte que es sólo un torton (el que pasa)
mientras tanto ¿por qué la falta de fe en el futuro?
viernes 16 de septiembre de 2011
Un lugar sobre el aire
Cerro del Quemado, 11 de septiembre
El mundo está hecho de roca. El corazón de las montañas es una eternidad congelada y sus lágrimas los guijarros que bajan a los caminos… sus lágrimas o sus cuentas o los años que suman su edad. Incluso a estas alturas (más de 3,000 metros sobre el nivel del mar) hay moscas, que rondan no sólo a los muertos sino también a los vivos. Pero bajo los zumbidos, se extiende un silencio casi mineral que de vez en cuando es azuzado por las ráfagas de aire, que vienen y van desde esta cima. El silencio es tan perfecto, la roca tan contundente, que sería petulante pensar que uno viene aquí a perturbar algo. Apenas unos rasguños sobre una hoja de papel, restos de las ofrendas dejadas por los huicholes para que el mundo continúe, excremento de caballo, mi presencia física, todo ello resulta tan superficial para la existencia del cerro que podría parecer hasta improbable. Frente a su solidez milenaria, las minas son caries minúsculas, hendiduras menores en el lecho de la eternidad. Y hube de venir al desierto a saber esto: que el mundo es un guijarro lanzado al pozo sin fondo del espacio.
En el ascenso, una foto tomada “hacia abajo”. El caminito transparente es un río pequeñito que se entuba más cercas de Real.
A esta conclusión llego en la cima del Cerro del Quemado, después de subir charlando con mi alegre guía cinco kilómetros en el semidesierto potosino que primero acometí con la resolución digna de una hija de Aztlán y al final casi a gatas y resollando. Y sobre una roca de forma y tamaño apropiados para recibir mis adoloridos glúteos (¡y mi trascendental e impalpable “humanidad”!) me senté a contemplar el paisaje rocoso: la Sierra de Catorce, una sucesión nada menor de montañas, por un lado, y al final del “mirador”, el Valle del Salado. Por el camino vi, sin orden de preferencia pero importantes para esta crónica: algunos caballos y un par de asnos cuadrúpedos (casi en Real), una “lagartija grande” de colores tornasolados, unas ruinas mineras, mucha caca de caballo, un halcón o águila o “ave grande rapaz y planeadora” planear, minúsculas flores blancas, azules, amarillas y rosas, las tonalidades magenta de la roca del cerro oxidarse hacia el ocre, las tonalidades blancas del cerro salpicarse de brillitos como de cuarzo y, lo más imponente, el cerro del Quemado a la derecha durante unos tres kilómetros. Caminante, engáñate maravillosamente bajo el aguijón del paisaje: el cerro que miras a tu derecha, sólido y firme, se mueve mientras subes. ¿Eres tú el que vuelas o es el cerro-locomotora el que huye vértigo abajo?
El Quemado también es conocido como La Muela y a esta altura empieza a “volar” mientras uno sube en paralelo.
Ya cerca del "objetivo", el ascenso se vuelve “dantesco”. Este medio kilómetro desafió los meniscos y los bronquios de “la maestra”.
Very close
La Sierra de Catorce
Los leves tonos violetas son, otra vez, de las rocas.
Así llegué a este sitio desde el que puedo aspirar a comprender la inmortalidad: porque si una piedra no está viva y sin embargo existe, jamás morirá. Desde aquí puedo abismarme en mi obsesión por las rocas. Desde aquí, y con el paisaje desbordando por mis ojos, mi aprecio por las piedras toma la forma de religión o metafísica. Las rocas: su verdadera utilidad se nos escapa y les damos, entonces, ocupaciones absurdas, frívolas, parciales cuando no pusilánimes, pero nada, en el curso de la historia humana, ha conseguido mancharlas, al menos no para la relatoría mayor: el historial sideral en el que estarán presentes mucho después del paso del hombre por el universo. Su destino es una historia enigmática: la inmovilidad o el peregrinaje, o la inmovilidad tras el peregrinaje. Hoy una persona (una brizna de carne y pulsiones sobre el manto terrestre; un pizcador-tourist de piedritas) meterá a su bolsa unos guijarros y los llevará a un sitio donde no sopla el viento. ¡Qué lejos están las rocas del llanto extenuado de una flor convertida en mortaja por alguien que decidió emparedarla entre las páginas de un libro! Imperturbables, llevan en su frío corazón la densidad del mundo, el peso del universo, la locura de los cometas, el frágil orden de las galaxias, y lo depositan, con toda la naturalidad de que son capaces, sobre una mesita o en una repisa. No puedo dejar de pensar que estoy sentada (instantánea) sobre un cerro hincado toda una eternidad en medio del desierto.
Atrás, el Valle del Salado.
¿Quién es la sombra: lo terrestre o su sombra?
Ellas, las piedras: ruedan por la biografía desperdigada del “Hombre”. No fue la pólvora española la que hirió de muerte al emperador Moctezuma, sino que éste rodó por las escaleras de Tenochtitlán impulsado por una roca mexicana bien acomodada en el occipital (o en el parietal o en el occipucio). Muros de piedra ardieron en Troya. Piedras impulsadas por hondas lanzan los davides de todas las épocas contra sus goliats. Muro de las Lamentaciones que recibe en sus junturas plegarias. En La Meca, enmarcado en una vulva de plata, el meteorito que el ángel Gabriel le regaló al Profeta ve pasar miles de peregrinos diariamente. Una piedra negra sobre una piedra blanca, premonición de la muerte del Poeta. Nuestro ancestro despellejó con una afilada piedra un delicioso neandertal que ardió sobre una hoguera resguardada por piedras. Los hijos del maíz se vieron alimentados durante siglos por manos amigas de metates y molcajetes. Y de roca fueron los sarcófagos que conservaron incorruptos los cuerpos momificados de los faraones. Miguel Ángel se afanó sobre una roca hasta producir en el pie izquierdo del ecce homo los principios del rigor mortis. Aquí, las rocas son necesarias para los animalitos que encuentran refugio bajo su techo y para unas biznagas pequeñitas que crecen entre ellas.

¿Qué guarda el corazón del puño?
También han servido de apoyo al afán de inmortalidad: escribir tu nombre o el de quien amas en una podría parecer propio de un cabeza dura, pero es por esta práctica que sobrevivieron el calendario azteca y las historias y cosmogonías egipcia y maya, por citar ejemplos monumentales del arte nada abstracto de escribir sobre la roca. Y por asociación básica, las palabras: de la palabra original, los continentes lingüísticos, y de ellos las cordilleras de lenguas, sus vetas familiares entre una montaña y otra, que en su aislamiento constituyen idiomas. Luego las piedras son palabras que al rodar por los caminos alojan minerales propios de otras cordilleras, moho del camino. De su rumor/rodar nacen las canciones; una maldición es una palabra arrojadiza, una mentira una piedra escondida en el bolsillo. Quizá el poema no sea sino una piedra afortunada que logra hacer caer a otras que la acompañan en su música.
A lo lejos, la lejanía
Llegó la hora de bajarme de mi viaje: buena suerte y mejor corazón me desean todos los guijarros esparcidos en la cima del Quemado. Hasta luego al inmenso horizonte a mis pies; mucho gusto a la Sierra de Catorce y al aire fresco y limpio en mis pulmones. Otro día será cuando vuelva, como una piedra, a rodar por estos caminos.
Soy de sombra.
El mundo está hecho de roca. El corazón de las montañas es una eternidad congelada y sus lágrimas los guijarros que bajan a los caminos… sus lágrimas o sus cuentas o los años que suman su edad. Incluso a estas alturas (más de 3,000 metros sobre el nivel del mar) hay moscas, que rondan no sólo a los muertos sino también a los vivos. Pero bajo los zumbidos, se extiende un silencio casi mineral que de vez en cuando es azuzado por las ráfagas de aire, que vienen y van desde esta cima. El silencio es tan perfecto, la roca tan contundente, que sería petulante pensar que uno viene aquí a perturbar algo. Apenas unos rasguños sobre una hoja de papel, restos de las ofrendas dejadas por los huicholes para que el mundo continúe, excremento de caballo, mi presencia física, todo ello resulta tan superficial para la existencia del cerro que podría parecer hasta improbable. Frente a su solidez milenaria, las minas son caries minúsculas, hendiduras menores en el lecho de la eternidad. Y hube de venir al desierto a saber esto: que el mundo es un guijarro lanzado al pozo sin fondo del espacio.
En el ascenso, una foto tomada “hacia abajo”. El caminito transparente es un río pequeñito que se entuba más cercas de Real.
A esta conclusión llego en la cima del Cerro del Quemado, después de subir charlando con mi alegre guía cinco kilómetros en el semidesierto potosino que primero acometí con la resolución digna de una hija de Aztlán y al final casi a gatas y resollando. Y sobre una roca de forma y tamaño apropiados para recibir mis adoloridos glúteos (¡y mi trascendental e impalpable “humanidad”!) me senté a contemplar el paisaje rocoso: la Sierra de Catorce, una sucesión nada menor de montañas, por un lado, y al final del “mirador”, el Valle del Salado. Por el camino vi, sin orden de preferencia pero importantes para esta crónica: algunos caballos y un par de asnos cuadrúpedos (casi en Real), una “lagartija grande” de colores tornasolados, unas ruinas mineras, mucha caca de caballo, un halcón o águila o “ave grande rapaz y planeadora” planear, minúsculas flores blancas, azules, amarillas y rosas, las tonalidades magenta de la roca del cerro oxidarse hacia el ocre, las tonalidades blancas del cerro salpicarse de brillitos como de cuarzo y, lo más imponente, el cerro del Quemado a la derecha durante unos tres kilómetros. Caminante, engáñate maravillosamente bajo el aguijón del paisaje: el cerro que miras a tu derecha, sólido y firme, se mueve mientras subes. ¿Eres tú el que vuelas o es el cerro-locomotora el que huye vértigo abajo?
El Quemado también es conocido como La Muela y a esta altura empieza a “volar” mientras uno sube en paralelo.
Ya cerca del "objetivo", el ascenso se vuelve “dantesco”. Este medio kilómetro desafió los meniscos y los bronquios de “la maestra”.
Very close
La Sierra de Catorce
Los leves tonos violetas son, otra vez, de las rocas.
Así llegué a este sitio desde el que puedo aspirar a comprender la inmortalidad: porque si una piedra no está viva y sin embargo existe, jamás morirá. Desde aquí puedo abismarme en mi obsesión por las rocas. Desde aquí, y con el paisaje desbordando por mis ojos, mi aprecio por las piedras toma la forma de religión o metafísica. Las rocas: su verdadera utilidad se nos escapa y les damos, entonces, ocupaciones absurdas, frívolas, parciales cuando no pusilánimes, pero nada, en el curso de la historia humana, ha conseguido mancharlas, al menos no para la relatoría mayor: el historial sideral en el que estarán presentes mucho después del paso del hombre por el universo. Su destino es una historia enigmática: la inmovilidad o el peregrinaje, o la inmovilidad tras el peregrinaje. Hoy una persona (una brizna de carne y pulsiones sobre el manto terrestre; un pizcador-tourist de piedritas) meterá a su bolsa unos guijarros y los llevará a un sitio donde no sopla el viento. ¡Qué lejos están las rocas del llanto extenuado de una flor convertida en mortaja por alguien que decidió emparedarla entre las páginas de un libro! Imperturbables, llevan en su frío corazón la densidad del mundo, el peso del universo, la locura de los cometas, el frágil orden de las galaxias, y lo depositan, con toda la naturalidad de que son capaces, sobre una mesita o en una repisa. No puedo dejar de pensar que estoy sentada (instantánea) sobre un cerro hincado toda una eternidad en medio del desierto.
Atrás, el Valle del Salado.
¿Quién es la sombra: lo terrestre o su sombra?
Ellas, las piedras: ruedan por la biografía desperdigada del “Hombre”. No fue la pólvora española la que hirió de muerte al emperador Moctezuma, sino que éste rodó por las escaleras de Tenochtitlán impulsado por una roca mexicana bien acomodada en el occipital (o en el parietal o en el occipucio). Muros de piedra ardieron en Troya. Piedras impulsadas por hondas lanzan los davides de todas las épocas contra sus goliats. Muro de las Lamentaciones que recibe en sus junturas plegarias. En La Meca, enmarcado en una vulva de plata, el meteorito que el ángel Gabriel le regaló al Profeta ve pasar miles de peregrinos diariamente. Una piedra negra sobre una piedra blanca, premonición de la muerte del Poeta. Nuestro ancestro despellejó con una afilada piedra un delicioso neandertal que ardió sobre una hoguera resguardada por piedras. Los hijos del maíz se vieron alimentados durante siglos por manos amigas de metates y molcajetes. Y de roca fueron los sarcófagos que conservaron incorruptos los cuerpos momificados de los faraones. Miguel Ángel se afanó sobre una roca hasta producir en el pie izquierdo del ecce homo los principios del rigor mortis. Aquí, las rocas son necesarias para los animalitos que encuentran refugio bajo su techo y para unas biznagas pequeñitas que crecen entre ellas.
¿Qué guarda el corazón del puño?
Ya sean diamantes del tamaño de una aceituna o basuritas de cuarzo, las mujeres (y muchos hombres) tarde o temprano terminamos colgándonos piedras. El jade tiene fama de restaurar las funciones renales y de proteger el alma de quien lo porta. El cuarzo en general “limpia” los ambientes y a las personas. En la India antigua se creía que el que portaba un diamante estaba protegido contra el veneno, el fuego, los malos espíritus y los ladrones. Una esmeralda es esencial para arrebatarle al mundo la gloria personal, y una obsidiana (espesamente negra o licuada con alas de colibrí) será útil para quien quiera ver entre las sombras (el espejo humeante prehispánico podría ser, en su interpretación más elemental, un espejo de obsidiana tornasol). El ópalo (demonio de los espejismos), sin embargo, sólo debe ser usado por aquellos que tengan claridad mental e integridad espiritual: entre sus poderes se encuentra el de la premonición y la clarividencia onírica; entre sus peligros, la locura. La negrísima piedra de luna, por su parte, promueve un sueño reparador. Una gema que se pierde no nos pertenece y una que se quiebra ha cumplido su función de amuleto protector. Nada, sin embargo, ha probado que todo esto sean más que supersticiones, y no ha habido, por otro lado, razones suficientes para convencer a todos aquellos que se cuelgan rocas de que sólo van por ahí cargando guijarros, más o menos valiosos.
Una piedra blanca de corazón negro. También han servido de apoyo al afán de inmortalidad: escribir tu nombre o el de quien amas en una podría parecer propio de un cabeza dura, pero es por esta práctica que sobrevivieron el calendario azteca y las historias y cosmogonías egipcia y maya, por citar ejemplos monumentales del arte nada abstracto de escribir sobre la roca. Y por asociación básica, las palabras: de la palabra original, los continentes lingüísticos, y de ellos las cordilleras de lenguas, sus vetas familiares entre una montaña y otra, que en su aislamiento constituyen idiomas. Luego las piedras son palabras que al rodar por los caminos alojan minerales propios de otras cordilleras, moho del camino. De su rumor/rodar nacen las canciones; una maldición es una palabra arrojadiza, una mentira una piedra escondida en el bolsillo. Quizá el poema no sea sino una piedra afortunada que logra hacer caer a otras que la acompañan en su música.
A lo lejos, la lejanía
Llegó la hora de bajarme de mi viaje: buena suerte y mejor corazón me desean todos los guijarros esparcidos en la cima del Quemado. Hasta luego al inmenso horizonte a mis pies; mucho gusto a la Sierra de Catorce y al aire fresco y limpio en mis pulmones. Otro día será cuando vuelva, como una piedra, a rodar por estos caminos.
Soy de sombra.
domingo 21 de agosto de 2011
Sillones (everywhere)
Mobiliario trashumante de las calles, los sillones aparecen, como cadáveres, de un momento a otro, casi siempre presentes a la mirada por la mañana o muy entrada la madrugada. Con la misma misteriosa facilidad, desaparecen en algún otro momento del día; los menos duran un par de días en las banquetas antes de bajar otro piso en el infierno material de las cosas inservibles.
¿Pero por qué abandonar un sillón en la calle? Porque el de la basura te cobrará docientos pesos por llevárselo. Mejor salir como un multihomicida, al cobijo de la noche, auxiliado por una mujer y un hijo adolescente malencarados, o con los cuates de peda —en el momento de la noche en el que harían cualquier cosa con tal de seguir en Nunca Jamás—, o con tu amante (que tiene que “servir para algo”), a sacar “esa chingadera”. La burocracia urbana, por la mañana, decide el paisaje: los barrenderos se llevan la basura, no los sillones, y éstos, víctimas de nadie, se quedan a esperar: que los niños lagañosos vayan a la escuela, que los burócratas salgan a hacer ejercicio mientras fuman un cigarro, que el extraviado del día pase frente a ellos y considere por un segundo en sentarse a descansar, en esa cosa que, si está en la calle, seguramente es porque trae encima la peste. Entonces no sólo desvía la mirada sino que apresura el paso para alejarse de esa ciudad tan obscena que no duda en exponer la íntima miseria de sus habitantes en la calle, a plena luz del día.
El sillón callejero suele ser de tamaño mediano (el de la basura quizá sólo te cobre cien pesos por el sillón individual y el grande seguramente seguirá en tu casa otra década, dada la imposibilidad —y tu güeva— de hacerlo salir por las ventanas ya que no cabe por la puerta). Son los sillones que eligen las parejas enculadas cuando te visitan, el que prefiere tu gato, con el que sueles tener conflictos conyugales cuando intentas reclamar tu derecho a dejar las bolsas del mandado ahí, esos amigables sillones —los sillones preferidos— son los que salen a convivir con esa ciudad de la que sólo sabían por los relatos de los aparecen chubasqueados por ella, asaltados por ella, embriagados por ella, cansados por ella, hartos de ella. Por fin les ha llegado la hora de despedirse de las nalgas ajenas y de las tuyas —que seguramente les pasas desnudas cuando estás solo— y de las uñas y la tibieza suave de tu gato, y de la bolsas del mandado.
Y así, después de haberte servido de muro de las lamentaciones, de tálamo nupcial, de butaca de cine, de retablo, de comedor, de camilla, de perchero, de armario, de nido de gatos, de alacena y, si te pones muy mal, de excusado, el sillón, tu sillón, tras hacerse viejo, duro, incómodo, estorboso, “horrible”, se convierte otra vez en una cosa de la que hay que deshacerse. ¡Qué mejor basurero que la ciudad! Contra ella, que te amenaza con la amenaza de ponerte un cuchillo en la garganta, con la defensa de un taxi, con su taxista (ente (sub)stancial de la ciudad), contra la ciudad y su calle: la vomitada de quien la habita.
Me puse a pensar en los sillones callejeros hace un par de semanas. Regresaba de Iztapalapa en el metrobús, y en la curva que éste ¿da? ¿hace? junto a Plaza Oriente había, en la calle-calle, en el arroyo, a medio metro de las vías del metrobús, un sillón verde, de piel sintética. Su inmovilidad en el centro mismo de la constante carrera urbana lo hacía parecer insólito. Entonces reparé que, en realidad, la Ciudad de México está poblada de sillones callejeros, sillones indigentes que nosotros observamos descuidadamente, en su inaugural y último vagabundeo.
¿Pero por qué abandonar un sillón en la calle? Porque el de la basura te cobrará docientos pesos por llevárselo. Mejor salir como un multihomicida, al cobijo de la noche, auxiliado por una mujer y un hijo adolescente malencarados, o con los cuates de peda —en el momento de la noche en el que harían cualquier cosa con tal de seguir en Nunca Jamás—, o con tu amante (que tiene que “servir para algo”), a sacar “esa chingadera”. La burocracia urbana, por la mañana, decide el paisaje: los barrenderos se llevan la basura, no los sillones, y éstos, víctimas de nadie, se quedan a esperar: que los niños lagañosos vayan a la escuela, que los burócratas salgan a hacer ejercicio mientras fuman un cigarro, que el extraviado del día pase frente a ellos y considere por un segundo en sentarse a descansar, en esa cosa que, si está en la calle, seguramente es porque trae encima la peste. Entonces no sólo desvía la mirada sino que apresura el paso para alejarse de esa ciudad tan obscena que no duda en exponer la íntima miseria de sus habitantes en la calle, a plena luz del día.
El sillón callejero suele ser de tamaño mediano (el de la basura quizá sólo te cobre cien pesos por el sillón individual y el grande seguramente seguirá en tu casa otra década, dada la imposibilidad —y tu güeva— de hacerlo salir por las ventanas ya que no cabe por la puerta). Son los sillones que eligen las parejas enculadas cuando te visitan, el que prefiere tu gato, con el que sueles tener conflictos conyugales cuando intentas reclamar tu derecho a dejar las bolsas del mandado ahí, esos amigables sillones —los sillones preferidos— son los que salen a convivir con esa ciudad de la que sólo sabían por los relatos de los aparecen chubasqueados por ella, asaltados por ella, embriagados por ella, cansados por ella, hartos de ella. Por fin les ha llegado la hora de despedirse de las nalgas ajenas y de las tuyas —que seguramente les pasas desnudas cuando estás solo— y de las uñas y la tibieza suave de tu gato, y de la bolsas del mandado.
Y así, después de haberte servido de muro de las lamentaciones, de tálamo nupcial, de butaca de cine, de retablo, de comedor, de camilla, de perchero, de armario, de nido de gatos, de alacena y, si te pones muy mal, de excusado, el sillón, tu sillón, tras hacerse viejo, duro, incómodo, estorboso, “horrible”, se convierte otra vez en una cosa de la que hay que deshacerse. ¡Qué mejor basurero que la ciudad! Contra ella, que te amenaza con la amenaza de ponerte un cuchillo en la garganta, con la defensa de un taxi, con su taxista (ente (sub)stancial de la ciudad), contra la ciudad y su calle: la vomitada de quien la habita.
Me puse a pensar en los sillones callejeros hace un par de semanas. Regresaba de Iztapalapa en el metrobús, y en la curva que éste ¿da? ¿hace? junto a Plaza Oriente había, en la calle-calle, en el arroyo, a medio metro de las vías del metrobús, un sillón verde, de piel sintética. Su inmovilidad en el centro mismo de la constante carrera urbana lo hacía parecer insólito. Entonces reparé que, en realidad, la Ciudad de México está poblada de sillones callejeros, sillones indigentes que nosotros observamos descuidadamente, en su inaugural y último vagabundeo.
sábado 23 de julio de 2011
A donde no volveremos
El día que llegué al departamento de Martínez del Río descubrí que mi colchón (un colchón de aire) se había madreado en la mudanza y tenía una fuga. Vi Psicópata americano sobre el colchón madreado, y todavía tengo presente (adjunta a) la incómoda y molesta sensación de estar acostada sobre un colchón de aire a medio llenar mientras veía a Christian Bale matar putas en la tele. En ese departamento (el segundo departamento en el que he vivido sola) pasé mis 24, mis 25 y mis 26 años. Del último tengo, sobre todo, recuerdos pesarosos, del segundo (mi pequeña temporada en el Mictlán) recuerdos ambiguos, pero es sobre todo el primer año el que recuerdo recientemente.
Cuando llegué todavía sufría una depresión combinada con ansiedad que arrastraba de la casa paterna y que se manifestó en la Guerrero, y que, por supuesto, empaqué con todo y el chingado colchón cuando me mudé a la Doctores (luego, conforme tomaba terapia y hacía espaguetis, mi ansiedad se calmó y mi depresión se distrajo). En esa depresión exploré mi capacidad para hacerme la chaqueta mental en el temible planeta de la hipocondría; además llegué a pesar 47 kilos (“muy” flaca para mis pantagruélicas costumbres), y sufría unas pesadillas de las que no terminaba por despertar nunca: soñaba cosas angustiosas y, cuando creía que despertaba, descubría que “había caído otra vez” en la pesadilla. Una de esas pesadillas tenía que ver con un garrafón de agua cuyo sifón se accionaba solo y mojaba el piso recién trapeado del departamento al que me acababa de mudar.
Otra de las premisas de mi estancia en esa casa fue descubrir que tenía vecinos, y que éstos eran una mierda absoluta. Me explico, mis vecinos, a diferencia mía, no pagaban renta, sino que se habían endeudado por quién sabe cuántas décadas para pagar un departamento de interés social de 60 metros cuadrados en la Doctores. Sin embargo, por esos misteriosos misterios de la constitución psicológica de la seudo clase media chilanga, mis rementados vecinos, lejos de considerarse engañados por estar viviendo en una megavecindad con mensualidades infladas, se comportaban como si la vista de sus aposentos fuera la de Central Park y no las refaccionarias de Doctor Jiménez. El pleito entre mi vecino de abajo y yo, he llegado a creer, a la manera de John Lennon, que “estaba escrito en las estrellas”. Así que, en general, detestaba el lugar donde vivía hasta que cruzaba el umbral de “mi casa”, una casa a la que fui queriendo en el transcurso de ese primer año. Por ese terror a mis nacovecinos con pretensiones aristócratas, jamás abría las cortinas que daban al interior del edificio; unas cortinas blancas de ese como tejidito-encaje que nuuuuunca lavé. En cambio, solía tener abierta la ventana que daba a Jiménez, donde crece un álamo temblón que refugiaba en sus ramas parejas de gorriones (que daban hijitos en primavera) y a cuyo pie el lumpen proletariado de la Docs dejaba su basura. El pleito entre mis vecinos y la delegación para que esta última “tomara cartas en el asunto” fue prolongado, y como yo vivía en el tercer piso y las cucarachas no se metían conmigo, me valió madres. Durante el tiempo que el basurero estuvo en funciones, las madrugadas estuvieron colmadas de sonidos: los ruidos de los pepenadores que llegan (algunos desde puntos remotos de la ciudad) y buscan en la basura su sustento: ancianos, hombres, mujeres, niños que ríen cuando descubren entre los desperdicios un juguete de pilas que todavía sirve. En ese depto también tuve un voyeur, durante un par de semanas: un tipo que se estacionaba en un tsuru plateado en Jiménez y me lanzaba la lucecita de su apuntador de las juntas; fina persona, él.
Pero son los recuerdos de adentro los que hacen de esa casa un preámbulo al destierro. Hurgo al azar en la caja más valiosa que me traje cuando hice la mudanza: la vez que salieron larvas en la basura, la botella de ginebra (vacía, claro) que rompí contra una esquina de la cocina, mi cuna de Moisés junto a la ventana del estudio (y yo siempre pendiente de sus flores), el día que perdí las llaves y volteé la casa buscándolas, el clóset del estudio (donde guardaba todo lo que estuviera fuera de lugar cuando la visita tocaba el timbre de la calle), el “limo” que se formaba en la puerta de la regadera y que nunca pude quitar, la ranita fluorescente que siempre estuvo sobre el buró improvisado junto a mi cama, cuando jugaba damas chinas conmigo misma, la disposición de mis utensilios de cocina, los domingos (cuando hacía de comer: sushi o espagueti a la boloñesa con salchichas alemanas, o hamburguesas, o las pizzas que tan mal me quedaban), la vez que casi me desnuco en el estudio (no comment), mi espejo de cuerpo entero en el pasillo, la vez que me arrastré con 40 grados de temperatura hasta la regadera con miedo de quedar tarada por la fiebre, la vez que me peleé con mi gurú y mi gurú se arrancó el collar que llevaba en el cuello (meses después seguía encontrando cuentitas de cuando en cuando), la chingada cerradura que nunca sirvió, el ruido apagado de la puerta de entrada al cerrarse, todas las veces que vi entrar a mi ex gurú por la puerta (que abría desde que él tocaba la puerta de la calle) y le eché los brazos al cuello, mi insomnio, un sueño pertinaz en el que aparecía un niño, todas las veces que, mientras me preparaba el desayuno en la cocina me entraba una tristeza descomunal, los muñequitos que coloqué en las celosías del cuarto de lavado, la jirafita de peluche que dormía conmigo, el sol alzándose por la mañana y entrando desde el estudio hasta mi habitación. La vida, la casa a la que no volveré.
En las fotos: unas pesimísimas fotos tomadas desde mi estudio hacia la calle.
Cuando llegué todavía sufría una depresión combinada con ansiedad que arrastraba de la casa paterna y que se manifestó en la Guerrero, y que, por supuesto, empaqué con todo y el chingado colchón cuando me mudé a la Doctores (luego, conforme tomaba terapia y hacía espaguetis, mi ansiedad se calmó y mi depresión se distrajo). En esa depresión exploré mi capacidad para hacerme la chaqueta mental en el temible planeta de la hipocondría; además llegué a pesar 47 kilos (“muy” flaca para mis pantagruélicas costumbres), y sufría unas pesadillas de las que no terminaba por despertar nunca: soñaba cosas angustiosas y, cuando creía que despertaba, descubría que “había caído otra vez” en la pesadilla. Una de esas pesadillas tenía que ver con un garrafón de agua cuyo sifón se accionaba solo y mojaba el piso recién trapeado del departamento al que me acababa de mudar.
Otra de las premisas de mi estancia en esa casa fue descubrir que tenía vecinos, y que éstos eran una mierda absoluta. Me explico, mis vecinos, a diferencia mía, no pagaban renta, sino que se habían endeudado por quién sabe cuántas décadas para pagar un departamento de interés social de 60 metros cuadrados en la Doctores. Sin embargo, por esos misteriosos misterios de la constitución psicológica de la seudo clase media chilanga, mis rementados vecinos, lejos de considerarse engañados por estar viviendo en una megavecindad con mensualidades infladas, se comportaban como si la vista de sus aposentos fuera la de Central Park y no las refaccionarias de Doctor Jiménez. El pleito entre mi vecino de abajo y yo, he llegado a creer, a la manera de John Lennon, que “estaba escrito en las estrellas”. Así que, en general, detestaba el lugar donde vivía hasta que cruzaba el umbral de “mi casa”, una casa a la que fui queriendo en el transcurso de ese primer año. Por ese terror a mis nacovecinos con pretensiones aristócratas, jamás abría las cortinas que daban al interior del edificio; unas cortinas blancas de ese como tejidito-encaje que nuuuuunca lavé. En cambio, solía tener abierta la ventana que daba a Jiménez, donde crece un álamo temblón que refugiaba en sus ramas parejas de gorriones (que daban hijitos en primavera) y a cuyo pie el lumpen proletariado de la Docs dejaba su basura. El pleito entre mis vecinos y la delegación para que esta última “tomara cartas en el asunto” fue prolongado, y como yo vivía en el tercer piso y las cucarachas no se metían conmigo, me valió madres. Durante el tiempo que el basurero estuvo en funciones, las madrugadas estuvieron colmadas de sonidos: los ruidos de los pepenadores que llegan (algunos desde puntos remotos de la ciudad) y buscan en la basura su sustento: ancianos, hombres, mujeres, niños que ríen cuando descubren entre los desperdicios un juguete de pilas que todavía sirve. En ese depto también tuve un voyeur, durante un par de semanas: un tipo que se estacionaba en un tsuru plateado en Jiménez y me lanzaba la lucecita de su apuntador de las juntas; fina persona, él.
Pero son los recuerdos de adentro los que hacen de esa casa un preámbulo al destierro. Hurgo al azar en la caja más valiosa que me traje cuando hice la mudanza: la vez que salieron larvas en la basura, la botella de ginebra (vacía, claro) que rompí contra una esquina de la cocina, mi cuna de Moisés junto a la ventana del estudio (y yo siempre pendiente de sus flores), el día que perdí las llaves y volteé la casa buscándolas, el clóset del estudio (donde guardaba todo lo que estuviera fuera de lugar cuando la visita tocaba el timbre de la calle), el “limo” que se formaba en la puerta de la regadera y que nunca pude quitar, la ranita fluorescente que siempre estuvo sobre el buró improvisado junto a mi cama, cuando jugaba damas chinas conmigo misma, la disposición de mis utensilios de cocina, los domingos (cuando hacía de comer: sushi o espagueti a la boloñesa con salchichas alemanas, o hamburguesas, o las pizzas que tan mal me quedaban), la vez que casi me desnuco en el estudio (no comment), mi espejo de cuerpo entero en el pasillo, la vez que me arrastré con 40 grados de temperatura hasta la regadera con miedo de quedar tarada por la fiebre, la vez que me peleé con mi gurú y mi gurú se arrancó el collar que llevaba en el cuello (meses después seguía encontrando cuentitas de cuando en cuando), la chingada cerradura que nunca sirvió, el ruido apagado de la puerta de entrada al cerrarse, todas las veces que vi entrar a mi ex gurú por la puerta (que abría desde que él tocaba la puerta de la calle) y le eché los brazos al cuello, mi insomnio, un sueño pertinaz en el que aparecía un niño, todas las veces que, mientras me preparaba el desayuno en la cocina me entraba una tristeza descomunal, los muñequitos que coloqué en las celosías del cuarto de lavado, la jirafita de peluche que dormía conmigo, el sol alzándose por la mañana y entrando desde el estudio hasta mi habitación. La vida, la casa a la que no volveré.
En las fotos: unas pesimísimas fotos tomadas desde mi estudio hacia la calle.
jueves 9 de junio de 2011
TRÁNSITO
429. Tránsito (Poesía)
Claudina Domingo
2011, 92 pp.
Trazar una ciudad desde sus orígenes, recrearla en su fundación como un plano espacioso y levantarla a través de las imágenes, es la apuesta que Claudina Domingo emprende en Tránsito, libro de poemas que cantan y cuentan los pasos de un flâneur en territorio descifrable. Tomando a la ciudad de México como escenario y recipiente, la autora entreteje su voz con la de algunos cronistas como Bernal Díaz del Castillo y Bernardo de Balbuena, logrando así una urdimbre urbana en la que se yuxtaponen las imágenes de una ciudad personal y una ciudad histórica. Este volumen fluye a partir de los testimonios íntimos de la experiencia, donde los versos intencionalmente montados hacen un llamado a multiplicar los sentidos. (contraportada)
lunes 16 de mayo de 2011
Contra el insomnio
El hombre tropieza conmigo, cae, se queja, se sienta sobre mí (se está sobando un tobillo). Luego se pone de pie y comienza a quitar las ramas que cayeron la noche anterior, durante la última tormenta. Me golpea con la palma de la mano; me gira. Estará pensando en lo que puede hacer conmigo. Me levanta, toma aire y me saca de lo profundo del bosque.
El hombre camina rápido (debe ser un hombre fuerte y vigoroso) y aunque su respiración me tranquiliza su pulso agita mi corazón. Luego, poco a poco, su paso toma un ritmo cadencioso, casi tranquilizante. Debemos ir por la llanura: sopla un aire leve que alcanzo a sentir y que debe despeinar el cabello del hombre que me carga. Sólo me queda imaginármelo; tengo los ojos cerrados, más bien, ya no tengo. Tuve miles de ojos verdes, livianos, pero entonces sólo veía: un paisaje que ahora recuerdo aéreo, verde (oscuro o claro según la hora del día), pero sólo ahora tiene significado ese recuerdo (sólo ahora es un recuerdo) porque antes, aéreo y perfecto como era, no conocía ni el pensamiento ni las palabras. Ésas llegaron con el rayo, un rayo de lengua viperina que me desgajó por arriba y por abajo. Mientas caía tuve conciencia de lo que había sido, pero no me dolió caer. En cuanto estuve en el suelo descubrí que al suelo pertenecía. Aquí puedo escuchar y suponer lo que ocurre en el bosque. Así, con el oído pegado a la tierra, que transmite los rumores de los animales que cavan en su interior y las carreras de los que corren sobre su superficie. Con el otro oído oigo pasar a las aves en el cielo y los afanes de las ardillas en los árboles. Suponer, “adivinar”, imaginar, ahora que no tengo ojos y estoy inmóvil me muevo entre los verbos de los seres que meditan. He aprendido a distinguir el peso de las ardillas del peso y el paso de un armadillo; comenzaba a diferenciar los distintos tipos de orugas sobre mi corteza cuando empezó mi viaje.
Hacemos un alto en el camino. La yerba es más corta en donde estamos. El hombre se aleja, estira las piernas, se acerca de nuevo. Se sienta cerca de mí. Algo piensa, puedo sentir incluso que ha dejado de respirar. Me toca, esta vez es una caricia que empieza desde la mitad de mi cuerpo y desciende amplia y abierta. Se ha dado cuenta de que parezco una mujer que yace de costado. Me toca el vientre con los dedos. Se arrodilla junto a mí. Examina las ramas que podrían ser piernas. Tendrá que trabajar un poco en ellas con gubias y lijas para formar rodillas, femorales. La grupa quizá solo tenga que lijarla. Me acaricia de nuevo. Busca si hay algo con qué formar senos. Algo hay, aunque por la posición de mis ramas-brazos tendrá que conformarse con la idea de senos, más que con tetas verdaderas. Sí, con un poco de trabajo puedo descansar junto a la chimenea, voluptuosa y deseada.
El hombre que me lleva suspira, puja y me levanta; en realidad, me toma entre sus bazos, casi con cuidado. Ahora me abraza. Me carga como si fuéramos unos recién casados llegando de la iglesia (una atropellada a la que un campesino encontró junto al tren) “primos jugando a ser esposos” /una anciana llevada a dormir por su hijo/ ::como si me hubiera quedado borracha sobre la mesa:: …como si fuera la hija muerta a quien su padre saca de la casa incendiada… Avanzamos más lentamente, me voy haciendo más pesado, incomprensiblemente pesado, ¿será que el cansancio me vence? El hombre se esmera por no perturbar mi creciente reposo, pero ya peso mucho; me vuelve a poner en el piso. Me levanta de nuevo y comienza a caminar en otra dirección, hacia nuestra derecha.
Avanzamos muy lentamente, adentrándonos de nuevo en el bosque. El ambiente se hace más húmedo. Alcanzo a escuchar el rumor de un río. Vuelvo al piso: la música del agua deletrea mi nombre más oscuro. El hombre me acaricia de nuevo; sus manos tiemblan. Se desnuda. Me carga de nuevo. Escucho cada vez más cerca el agua y los pies de mi Morfeo chapotear trabajosamente, conmigo en brazos. Soy cada vez más pesado. El hombre hace un gran esfuerzo para llevarme río adentro, donde elagua le toca el torso y me cubre casi por completo. Ya casi dormido, creo escucharle decir: “Nadie más te verá como yo te vi”. Entonces me suelta, y desciendo…
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