
Ya di en el blanco: lo que tengo es la crisis de los veintes. No he leído mucho al respecto, así que tendré que inventar su modus operandi basada en las minuciosas observaciones emocionales de los últimos diez meses:
-Sentimiento general de agotamiento.
-Abulia, pesimismo. Un general estado de agotamiento moral y emocional parecido a la depresión sin que se presenten los típicos síntomas de ésta.
-Sentimiento de fracaso generalizado. Sentimiento de haber perdido mucho tiempo anteriormente en cosas que eran muy importantes y que ahora no tienen sentido: la búsqueda de la felicidad, el éxito, la notoriedad, la gloria literaria, etcétera.
-Descubrimiento de una realidad (al menos aplicable para uno) deprimente: la vida es menos emocionante y encantadora de lo que uno creía: en realidad lo importante es tener qué comer sin que el esfuerzo resulte brutal y que la neurósis de los prójimos rocen lo menos posible con la neurósis de uno.
-Poca motivación para emprender nuevos proyectos. La que hay se reduce a la necesidad y urgencias básicas: comer, pagar deudas.
-Incomodidad hacia la morada actual.
-Incomodidad en la piel actual.
-Necesidad (urgencia) de estabilidad económica.
-Miedo y espanto ante el futuro. "¿Así va a ser todo siempre?" "¿Qué voy a hacer cuándo envejezca?" "¡No quiero envejecer!"
-Descubrimiento de verdades que "todo el tiempo estuvieron ahí" y que sólo ahora se observan. La bajeza moral de uno; la discapacidad emocional de uno; las limitaciones intelectuales de uno; las limitaciones de la propia persona entendida como la suma de la salud, la apariencia física, el currículum, el estatus social (el de uno, el de la familia de uno, el de los amigos de uno), la inteligencia (o falta de) inteligencia emocional de uno, las capacidades e incapacidades y la reputación de uno.
-Redescubrimiento de las cosas que uno ya sabía que rigen al mundo y que por lo tanto lo condicionan a uno a vivir bien, mal, al borde de los bordes o en la mierda, pero, a la vista de que son leyes férreas, resultan todavía más cabronas ahora.
-Urgencia por congraciarse con uno mismo de algún modo. Poner manos a la obra en algo (la tabla de salvación), pero con nerviosismo y preocupación de que, de nueva cuenta, haya un nuevo desencanto tras el esfuerzo.
-Miedo a fallarse a uno mismo.
-Dudas cotidianas respecto a temas existenciales: ¿tanto esfuerzo emocional, mental y físico para no sentirse a gusto con uno mismo? ¿tanto esfuerzo para despertarse al otro día y darse cuenta de que lo único que hay es más necesidad de esfuerzo? ¿mis semejantes son poco empáticos conmigo o yo espero mucho de ellos? ¿es la amistad una ecuación de necesidades de sobadas de ego? ¿por qué ya no tengo fe en el futuro, como antes? ¿cuál es la clave para ser feliz (porque sí hay gente feliz)? ¿me exijo demasiado? ¿soy en verdad tan estúpida o sólo un poco miedosa? Sabina tenía razón: "al tren del desconsuelo, si subes no es tan fácil bajar".
-Conciencia de que un loquero no va a hacer nada por uno: uno necesita que se muevan las cosas y uno se mueve para que se muevan, pero "sin la emoción que uno ponía hace cinco años".
-Conciencia de que estados estado y ánimo no son nuevos. Ahora son más álgidos, pero hace tiempo que aparecieron por vez primera. Carbono catorce los fecha por ai del mes del marzo de 2004 y el motivo es tan común y tan cursi que produce encabronamiento.
-Reafirmación y pase de lista de las cosas que según uno están bien o mejor que antes: uno es menos ingenuo que antes; uno es menos imbécil que antes; uno está conciente ahora de sus limitaciones; uno está urgido y por lo tanto la diosa de todas las diosas, la Necesidad, le iluminará a uno el coco; uno está sano; uno todavía es joven (aunque ya no tanto); uno no es desagradable físicamente y si uno se lo propone, puede ser muy encantador; uno se conoce ahora mejor (gulp) y sabe qué cosas tiene que evitar para salvaguardar su salud mental y qué cosas necesita-necesita y qué cosas "son sólo vanidad".
-Tensión y estrés constantes.
En fin, creo que es todo. Lo más interesante de todo es el resultado. ¿Cuál será el destino de este equino torpe? ¿Logrará traspasar las férreas y bien defendidas murallas de la Paz Mental? ¿Perderá las crines en este proceso? ¿Dejará de galopar libre y locamente por ahí (¡no, no, esperemos que no!)? ¿Logrará impedir que le pongan montura al tiempo que asegura su conservación? ¿Será reventado? ¿Harán moraleja de él o conseguirá evadir con su astucia (primero tiene que conseguirla) la timoratez pertinaz del mundo? ¿Se volverá completamente cínico? ¿Perderá de una buena vez la cordura? ¿Perderá la vergüenza? ¿Perderá por completo su fe en Todas las Cosas Nobles? ¿Qué hará? ¿Qué hará? ¿Cómo procederá? ¿Lo aconsejarán por las noches las Musas o Mefisto? Desgraciadamente para el lector, tendría que esperar algo así como cinco años para encontrar respuesta a estas preguntas y es probable que no las lea en un blog. Si el Caballo del Mal (término acuñado por cierta chistosa) triunfa, es probable que no se enteren o no se den cuenta, en cambio, si fracasa, lo hará de manera estrepitosa.
Foto: la Ciudad de los Palacios con un clima ad hoc al de estas borrascosas reflexiones.