domingo, 9 de agosto de 2015

Termitas






Entró, con los zapatos sucios, inequívocamente tropezados por noches y plazas solitarias. Se sentó en un sillón y se puso a mirar el foco que colgaba del techo. Traía la cara roja e hinchada y su bolsa de papel estraza bien custodiada contra el corazón: el cuartito para conciliar el sueño.
—Es termita, ¿verdad?
—Perdón… —dijo una de las empleadas.
—Es termita…
Todos las miramos, revolotear como angelitos torpes en torno al foco.
Se levantó y se sentó junto a otra mesa, donde la dueña del café hacía cuentas.
—Señor… —comenzó, torpe, asqueada, indecisa— no se puede sentar aquí… ¿Gusta algo…?
Pero él, hipnotizado, las miraba bailar traslúcidas, locas, enervadas por la luz asesina del foco.
—¿Quiere algo, señor? No se puede sentar aquí, está ocupado —repitió, con un falso tono indignado, la propietaria del café.
—Ah, no… nada… solo… lo que sea su voluntad —dijo y estiró la mano mecánicamente.
La mujer se levantó, sacó unas monedas del pantalón y las puso en la mano del hombre, que seguía las órbitas suicidas de los insectos.
—Ahora, vamos afuera, señor, con permiso eh, no puede estar aquí si no consume —y la mujer lo azuzó más con un gesto que con el tacto, a levantarse de la silla.
Él se despabiló un poco, se puso de pie.
—Tienen madera… aquí…
—Por favor, señor, pase, con permiso…
En la puerta se volvió hacia nosotros, los espectadores:
—¡Yo soy un entomólogo, pero todos lo ignoran! —dijo, airado—. Son termitas, hay madera vieja por aquí.
Ya en la acera, las miró todavía unos segundos, enamoradas de la luz terrible, y se fue trastabillando.



lunes, 6 de julio de 2015

México DF: una ciudad brutalista incomprendida



Una ciudad también es el homenaje a la idea no totalmente realizada que tuvimos de ella. Así, entre los años cincuenta y setenta del siglo XX, distintos arquitectos diseñaron en torno a un concepto: las líneas simples y los materiales más duraderos: la ciudad como un megalito. Equivocadamente, el brutalismo se atribuye al “idealismo artístico” soviético (por su propuesta masiva y rudimentaria) pero lo cierto que el brutalismo se exploró lo mismo en Estados Unidos que en Brasil; en Londres y Berlín.
Así, en las ciudades más cosmopolitas sobrevive el brutalismo, esperando la atención pop para redimirse y salvarse de las demoliciones, aunque en algunas ciudades sus construcciones han sido respetadas y/o restauradas.

Así, Hábitat 67 (en Canadá)




o el brutalismo couture griego de Casa Brutale:




Pero la aldea global no es inmune a la sabiduría de José Alfredo Jiménez y, así si "las distancias apartan las ciudades/ las ciudades destruyen las costumbres", según los internautas globales esta es una “vivienda promedio” en México:



Y cada uno de nosotros: Diegos Riveras y Fridas Kahlos cualesquiera. (Poniéndome a elegir, prefiero ser un Rivera común, corrientemente elevado a estatus de gloria de las artes en vida.)

Pero no es el punto de este post. El motivo es más sencillo (o más radical). No se sienta despreciado asrtísticamente por Habitat 67. El mundo no funciona así.

Su ciudad sigue siendo una ciudad brutalista, pero incomprendida. Incluso es más brutalista que todas las otras, y más original en su brutalismo; vanguardista y visionaria, pues. No solo porque desde mediados de siglo XX cualquier arquitecto que hiciera bien su trabajo sabía que un edificio departamental es una caja de zapatos de concreto (horizontal o vertical) con hoyitos para ventilar, como lo demuestra Tlatelolco. Y qué decir del muralismo brutal de O’Gorman en la Biblioteca Nacional o de ese espantajo infranqueable que es la Rectoría de la UNAM en el horizonte del sur de la Ciudad de México. Así que, ni hablar, a la hora de los revivals hay que pensar en la oportunidad de negocio. ¿Qué tal unos tours para los amigos turistas titulado: “Brutalismo y neobrutalismo chilango: a por las chelas, pagáis vosotros”? 

Brutalismo pret a porter



Brutalismo vintage




Neobrutalismo súperbrutal




Es solo una propuesta, y dijera su diputado favorito, está “abierta al diálogo”.


sábado, 6 de junio de 2015

Sueño







Durante los primeros 18 años de mi vida ignoré lo que era el insomnio. Desde que era niña pasaba una o dos horas “pensando cosas” antes de dormir pero creía que todos hacían lo mismo. Fue hasta que comencé a tener novios que el sueño me comenzó a parecer anormal: el sueño de los otros, tan plácido y sencillo. Ya en los veintes tomaba todos los menjurjes naturistas, variando de uno a otro con resultados similares: un poco de alivio, por un tiempo; la misma frustración al final. Todo ello entreverado con un soñar abigarrado y trepidante en las últimas horas de sueño, por la mañana. Un soñar que frecuentemente me ha hecho despertar pensando que “aquel sitio”, el lugar del sueño, es el mío, y que despertar es una equivocación. A los 29 hice un descubrimiento importante (que la ciencia médica inauguró décadas antes): las pastas existen. Quizá Dios también, de eso no estoy tan segura. Si existe, debe tener en su cielo a todos los primates de laboratorio que pavimentaron el camino hacia amaneceres menos nerviosos. Y sí: solo necesitas los nudillos de una diminuta pastilla para cerrarle la boca al insomnio. ¿Pero esa herida primordial, zurcida con mano grosera por las farmacéuticas, por qué está ahí? ¿Es un miedo o un deseo: verlo todo, saberlo todo, jamás estar a oscuras? Ahora me gusta ir hundiéndome en el sueño (y a veces, darme cuenta de ello): los pensamientos se separan de las palabras y cuando intentas reconocerlos te devuelven una imagen deformada, como en una casa de los espejos. Y resulta divertido cómo cosas tan graves e importantes durante el día se vuelven, en esa frontera, confusiones pueriles. Luego desapareces en el mar de cristales del sueño.   

jueves, 8 de agosto de 2013

Sobre Tita Valencia



“Amor: el dolor está iracundo conmigo”, escribió Tita Valencia en Minotauromaquia (Joaquín Mortiz, 1976; Lecturas Mexicanas, 1999), novela autobiográfica, crónica poética intimista, ensayo apasionado sobre el amor que reúne las cualidades de un libro inclasificable extraviado en los anales de la rareza literaria. Minotauromaquia comienza con la promesa de novelar un desencuentro amoroso: la primera persona que narra parece llamarnos a convivir con sus fantasmas frente al muro de sus lamentaciones. Pero pronto la prosa se torna poética y termina ensayando en torno al amor desgraciado. Discurre, como todo amor neurótico, por un laberinto donde el sentido de los acontecimientos cambia con la puesta en escena del amor: hoy promesa, un día condena, jamás presente: el amor imposible se escapa hacia el infinito. Como todo relato autobiográfico busca la curación; exorcizar por medio del lenguaje los demonios que afligen a la carne y al espíritu; entonces la poesía, más allá del recurso literario, cumple las funciones del encantamiento ritual: es una sensual y barroca oración de la hija del Hombre, de la amante burlada que, ante el descubrimiento de las atrocidades cometidas contra su amor, se convierte es diosa vengativa y pronuncia una condena irrevocable contra el padre-hijo, el maestro capitán, el amigo-verdugo, a quien receta el más amargo de los venenos: la ponzoña femenina por la cual el que fue héroe se convierte en payaso, el demiurgo en golem. ¿Qué es más duradero que el amor de una mujer? Su rencor.
Se dirá entonces que Tita Valencia es una autora feminista interesada en hacer caer la patética máscara del Gran Amor y revelarnos la larga mancha de la lepra psicosocial del amor de la mujer entregada: la voracidad con que se consagra a convertirse en espejo para la egomanía masculina. Sin embargo, esto sólo es un accidente producto de su acerada lucidez; la autora nos advierte que no le interesa el feminismo: “Yo siempre entendí que la mujer sólo es capaz de amar a Dios en su forma viril y humana”. Así desenvuelve una neurosis mítica, por la cual la Mujer, para no desgarrarse en un mundo hostil hacia la hembra solitaria, se arroja a la hoguera del amor para convertirla en altísima torre, observatorio alejado de la vanidad y de la banalidad desde el cual la crucificada ve pasar al mundo.
Como en toda relación de amor atormentado, hay un misterio escabroso; un algo innombrable que es la fuerza motriz de todas las palabras y que se disfraza de nada y burla al que sufre su desventura: la amante solitaria, tras alcanzar la revelación, es asaltada por la demencia. Pero el que la narradora sea conducida a un manicomio no la hace psiquiatrizar su historia ni su empresa: ¿qué queda del amor cuando ya no queda nada? Tita Valencia se consagra a la obsesión de los fanáticos del amor: desenmascarar a los que no creen en él: “El error —creo— está en hacer una mística de las relaciones humanas. Se aterra al prójimo”.
Simbólico y alegórico siempre, se propone desentrañar el misterio entre misterios: un tríptico (las varias caras de una relación pasional), varios rezos, los mitos clásicos observados desde el xx, las figuras bíblicas que un hombre y una mujer, tarde o temprano, terminan representando. Minotauromaquia busca desarrollarse en la narrativa, sucumbe a la poesía y, ante la incapacidad de ambas para proporcionar el alivio catártico, recurre a la reflexión, a la autobiografía y al simbolismo; las joyas que Minotauromaquia ofrece se encuentran en lo pantanoso de sus reiteraciones; son luminosos aforismos y centelleantes “actos de poesía”.
Tita Valencia nació en la Ciudad de México en 1938 y se ha desempeñado como pianista concertista, promotora cultural en México y en el extranjero y como guionista para Radio UNAM y los canales 11 y 13 de televisión. Es autora también del libro de poesía El Trovar Clus de las jacarandas (Ala del Tigre, 1995), y de Urgente decir te amo (1932-1942) (El Colegio de San Luis, 2007), novela biográfica que recopila la correspondencia amorosa entre su madre y su padre, fallecido este último prematuramente a la edad de 35 años.

 Texto publicado en el suplemento Laberinto, del periodo Milenio, el 28 de enero de 2012: 





sábado, 18 de agosto de 2012

Jack el Destripador: el monstruo acecha en la esquina

Si bien su figura determinó el perfil de asesino serial y prefiguró la aparición de este espécimen de Sapiens Sapiens, la brutalidad no era nueva, como sabrá cualquiera que haya tenido un libro escolar de historia a la mano. Grandes masacradores (ahora también agrupados en la categoría de asesinos seriales) habían deambulado por Europa y Asia empalando y decapitando (la mayoría de las veces con criados que se manchaban las manos por ellos), con la total impunidad que les daba su carácter de señores y gobernantes. Además, la exposición pública de entrañas humanas fue común a toda Europa cuando ésta vivía bajo el yugo del papa y el Santo Oficio. Y sin embargo, o justamente porque tras la Ilustración y la Revolución Industrial los europeos, y particularmente los ingleses, preferían creer en el orden que en la superstición, el alumbramiento de un nuevo monstruo produjo efectos permanentes es las sociedades urbanas.




Por otro lado, parecería equivocado que el asesino serial sea una leyenda urbana tomando en cuenta que, como el siglo XX ha demostrado, los asesinos seriales más exitosos han reinado en los suburbios; ejemplos concretos y familiares existen cada semana en la página electrónica de El Universal en sus subportales “Ecatepec”, “Nezahualcóyotl”, “Tlaltepantla” y “Chalco” (municipios de los que este diciembre saldrán los cuatro jinetes del Apocalipsis). Pese a lo suburbano de su naturaleza, la figura del asesino serial se encuentra en el imaginario urbano: sin ciudad no hay suburbio. Chikatilo y el Asesino de Greenriver (dos serials con abultado currículo) violaron, mutilaron y mataron en los bordes de las carreteras y en los bosques y no en el corazón de la ciudad, pero la imagen del demonio humano acechando en la madrugada en una calle solitaria la había acuñado el Destripador y ya nadie la podría borrar de la pesadilla común urbana.


No es el interés de este breve post intentar develar la identidad del Destripador, sino anotar algo sobre los rasgos de esa macabra imagen poética que ha seducido y horrorizado a la sociedad occidental. Hay que señalar, por otro lado, que el Destripador es tan urbano como nuestro amigo/enemigo el Diario; sin periódico, Jack hubiera sido olvidado el mismo día que sepultaron los cadáveres de sus víctimas. Su figura tampoco sería emblemática sin la existencia de esa musa siniestra que es la Fotografía. Gracias al uno y a la otra se forjó un retrato sin rostro (el asesino brutal y escurridizo) y uno de los paisajes más grotescos de la modernidad: la escena criminal y el cadáver de la víctima.


El terror tiene marcas definidas que viajan a través de las fotografías y en los nervios de la sociedad urbana:


-Los motivos son perversos, sádicos y sexuales.


-Las víctimas son, de por sí, figuras abominables: prostitutas, de preferencia ebrias, drogadictas, gordas (o flacas sifilíticas), enfermas y desdentadas.


-El agresor puede ser cualquiera (cualquiera puede ser cliente de una prostituta).


-La escena suele ser nocturna y apenas alumbrada por una farola distante.


-La violencia hacia el cuerpo es obscena y descarnadamente visceral. Sirva como ejemplo el último de los cadáveres del Destripador: útero, ovarios, estómago de fuera; riñones removidos y desollamiento de una de las piernas; la garganta fileteada, lo mismo que la nariz.





Con todo ello se dibuja un retrato diabólico de un asesino alevoso que se complace profanando de manera sexual y sádica un cuerpo; que obtiene placer al provocar la agonía y que, además (o sobre todo) se burla de las leyes humanas y divinas dejando tras sí, no como ofrenda sino más bien como retablo, un cuerpo salvajemente mutilado que es una promesa de un próximo cadáver. El asesino advierte así al mundo que no está arrepentido de sus actos y que mientras haya noche y posibles víctimas, él seguirá haciendo reencarnar personajes que el mundo moderno creía desterrados: el diablo, el monstruo, el devorador, el demonio.


Nadie tuvo la oportunidad de entrevistar al Destripador para explicar sus crímenes, cosa que ha sido de mucha necesidad y para la cual se acude a la siempre muy bien plantada Mrs. Psychiatry, que cuenta la historia para develar el mito (y para intentar tranquilizarnos): maltrato y violencia sexual, muchas veces por parte de la madre, abuso físico infantil, incapacidad para relacionarse con las mujeres, falta de empatía hacia otros seres vivos, etcétera. Sin embargo, las explicaciones siguen pareciendo demasiado humanas para abarcar la monstruosidad. Así, la larga sombra del Destripador seguirá persiguiendo con ahínco los taconeos nocturnos.

domingo, 5 de febrero de 2012

Autor emergente 2011 elegido por La Tempestad

Entre los libros de escritores emergentes aparecidos el año pasado llama poderosamente la atención Tránsito, de Claudina Domingo (México DF, 1982). Se trata de un auténtico proyecto poético, un texto maduro surgido de la reflexión y el rigor. 24 poemas-crónica o un poema-día en el que la escritora sale a las calles de la ciudad de México en busca de todo lo que ésta pueda ofrecerle. El Distrito Federal arroja a sus sentidos una infinidad de estímulos, que Domingo organiza en una prosa encendida, de gran riqueza sensorial.
    La poeta refunda la ciudad para sí –ha comparado su libro a una maqueta–, sin perder de vista a los antiguos cronistas (Bernal Díaz del Castillo, Bernardo de Balbuena), con quienes dialoga. Lo oído, lo visto, lo olido, lo leído, lo sentido, lo vivido: todo se incorpora en una prosa que no atiende puntuación alguna, en la que los paréntesis y los blancos establecen el ritmo de la lectura. Lo que en Miel en ciernes (2005) se anunciaba, aquí son hechos concretos: una dicción propia, que permite ubicar la propuesta de Domingo entre las más prometedoras de la poesía mexicana contemporánea.
    Del Centro a Tlatelolco, sin esquivar los hirientes contrastes santafecinos, Tránsito es un libro que se niega a contemplar desde la distancia. Su vocación no es retratar la ciudad sino volverse una parte (desencantada) de ella. Donde otros siguen la ruta de lo estable y lo cristalino, en esa suerte de orientalismo impostado, Claudina Domingo se ensucia las manos para encontrar vestigios de lengua viva.

Sobre Minotauromaquia, de Tita Valencia

“Amor: el dolor está iracundo conmigo”, escribió Tita Valencia en Minotauromaquia (Joaquín Mortiz, 1976; Lecturas Mexicanas, 1999), novela autobiográfica, crónica poética intimista, ensayo apasionado sobre el amor que reúne las cualidades de un libro inclasificable extraviado en los anales de la rareza literaria. Minotauromaquia comienza con la promesa de novelar un desencuentro amoroso: la primera persona que narra parece llamarnos a convivir con sus fantasmas frente al muro de sus lamentaciones. Pero pronto la prosa se torna poética y termina ensayando en torno al amor desgraciado. Discurre, como todo amor neurótico, por un laberinto donde el sentido de los acontecimientos cambia con la puesta en escena del amor: hoy promesa, un día condena, jamás presente: el amor imposible se escapa hacia el infinito. Como todo relato autobiográfico busca la curación; exorcizar por medio del lenguaje los demonios que afligen a la carne y al espíritu; entonces la poesía, más allá del recurso literario, cumple las funciones del encantamiento ritual: es una sensual y barroca oración de la hija del Hombre, de la amante burlada que, ante el descubrimiento de las atrocidades cometidas contra su amor, se convierte es diosa vengativa y pronuncia una condena irrevocable contra el padre-hijo, el maestro capitán, el amigo-verdugo, a quien receta el más amargo de los venenos: la ponzoña femenina por la cual el que fue héroe se convierte en payaso, el demiurgo en golem. ¿Qué es más duradero que el amor de una mujer? Su rencor.
Se dirá entonces que Tita Valencia es una autora feminista interesada en hacer caer la patética máscara del Gran Amor y revelarnos la larga mancha de la lepra psicosocial del amor de la mujer entregada: la voracidad con que se consagra a convertirse en espejo para la egomanía masculina. Sin embargo, esto sólo es un accidente producto de su acerada lucidez; la autora nos advierte que no le interesa el feminismo: “Yo siempre entendí que la mujer sólo es capaz de amar a Dios en su forma viril y humana”. Así desenvuelve una neurosis mítica, por la cual la Mujer, para no desgarrarse en un mundo hostil hacia la hembra solitaria, se arroja a la hoguera del amor para convertirla en altísima torre, observatorio alejado de la vanidad y de la banalidad desde el cual la crucificada ve pasar al mundo.
Como en toda relación de amor atormentado, hay un misterio escabroso; un algo innombrable que es la fuerza motriz de todas las palabras y que se disfraza de nada y burla al que sufre su desventura: la amante solitaria, tras alcanzar la revelación, es asaltada por la demencia. Pero el que la narradora sea conducida a un manicomio no la hace psiquiatrizar su historia ni su empresa: ¿qué queda del amor cuando ya no queda nada? Tita Valencia se consagra a la obsesión de los fanáticos del amor: desenmascarar a los que no creen en él: “El error —creo— está en hacer una mística de las relaciones humanas. Se aterra al prójimo”.
Simbólico y alegórico siempre, se propone desentrañar el misterio entre misterios: un tríptico (las varias caras de una relación pasional), varios rezos, los mitos clásicos observados desde el xx, las figuras bíblicas que un hombre y una mujer, tarde o temprano, terminan representando. Minotauromaquia busca desarrollarse en la narrativa, sucumbe a la poesía y, ante la incapacidad de ambas para proporcionar el alivio catártico, recurre a la reflexión, a la autobiografía y al simbolismo; las joyas que Minotauromaquia ofrece se encuentran en lo pantanoso de sus reiteraciones; son luminosos aforismos y centelleantes “actos de poesía”.
Tita Valencia nació en la Ciudad de México en 1938 y se ha desempeñado como pianista concertista, promotora cultural en México y en el extranjero y como guionista para Radio UNAM y los canales 11 y 13 de televisión. Es autora también del libro de poesía El Trovar Clus de las jacarandas (Ala del Tigre, 1995), y de Urgente decir te amo (1932-1942) (El Colegio de San Luis, 2007), novela biográfica que recopila la correspondencia amorosa entre su madre y su padre, fallecido este último prematuramente a la edad de 35 años.

Texto publicado en el periódico Milenio, en su suplemento Laberinto, el 28 de enero de 2012.

Reseña de Tránsito por Sergio González Rodríguez


Claudina Domingo (1982) ha retomado la tradición de los poetas urbanos de la literatura mexicana para trazar su propio itinerario en el libro Tránsito (Tierra Adentro). El resultado es magnífico por su tenaz contemporaneidad y su esmero formal. Su voz se une a la de Gutiérrez Nájera, Novo, Huerta, Paz, Lizalde, Bolaño que, en poco más de un siglo, lograron consignar el efecto de lo moderno, donde todo lo sólido se desvanece en el aire y arroja los despojos de una promesa en perpetuo suspenso.
Desde la posmodernidad de los tiempos actuales, la propuesta de Claudina Domingo puede percibir con todos los sentidos, no sólo con la mirada, la materia y la sustancia de una ciudad espesa y compleja, telúrica y edificada, la capital mexicana que enfrenta su desgaste irremediable todos los días, lastre de aspiraciones y propósitos fallidos que se acumulan con los siglos: la vital resistencia de las personas impregnada en sus casas, barrios, calles, monumentos, palacios, plazas, avenidas, atmósferas. La obsesiva ciudad y su presencia múltiple: “una ciudad que no teme al precipicio”, apunta la poeta.
Para ella, el registro suele ser análogo de norte a sur, de oriente a poniente en un entorno lacustre yacente bajo sus pasos, que atestiguan la construcción de la iniquidad secular, los restos del ocio contra lo productivo, de la imposibilidad y sus márgenes: “caminamos por Bucareli expelidos por una tragedia de/ bar botellas rotas palabras erguidas sobre la mesa/ (parecen tan fláccidas a la intemperie) el frío abre un/ par de botones a la borrachera las aceleraciones de la/ última caguama rumian largo y feroz (claman por más/ fermentación) la ciudadela expone su reluciente/ basura (la indigencia guarecida por harapos)”. En Tránsito, se observa una poética similar a la de Feli Dávalos (1982) en Morir mejor.
La ciudad de Claudina Domingo se recorre como se desplaza la mirada por las páginas de un libro: el libro/ciudad reproduce una red de vínculos literarios, afectivos, hecha de citas, ecos, palabras, lecturas que transcurren los siglos y recalan en la paseante que se ve abrumada por su peso hasta que consigue darle un orden de versos, pausas, silencios, imágenes, descripciones, y entonces el poema le da al caos enervante un punto de fuga. La dureza cotidiana evoca los sueños y se instala en el centro de un mundo personal.
Tránsito es un mapa y, al mismo tiempo, el cuaderno de apuntes de una viajera urbana que recupera la ciudad inabarcable mediante la recopilación de sus fragmentos. En tal sentido, el libro puede leerse como una aplicación del método de collage/montaje de los vanguardistas del siglo anterior, y su proceso creativo semeja al de aquellos artistas que, en sus vagabundeos urbanos, recogían piedras, desechos, objetos, insignificancias de un pasado en ruinas que podía ser reconstituido para ofrecerle una dignidad inédita al insertarlo en otro marco creativo. Así, pleno de fulguraciones, Tránsito.
Poema narrativo de alcance amplio, cinemático y desplegable, fragmentario y unido al mismo tiempo, el notable libro de Claudina Domingo documenta una visión generacional que contempla la realidad áspera como un desafío al que debe enfrentarse con las armas de la imaginación y la entereza de ánimo: en ella son ajenos el desencanto (¿cómo experimentarlo frente a algo que en sí es desencantado?), la nostalgia (¿cómo ser nostálgico de algo saturado de nostalgia?) y el pesimismo (¿cómo padecer una fatalidad sin caer en la autocompasión?). Lo suyo es la lucidez (suerte de reflejo de la luz del altiplano), el feroz entendimiento de la adversidad que adviene compañía urgida de diálogo. En las páginas de Tránsito, el ciclo de la Historia se vuelve un verso portátil.

Texto aparecido en el periódico Reforma, el sábado 6 de agosto de 2011, en la columna Noche y Día del autor.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Trepidaciones

(4) TREPIDACIONES


para José Francisco Zapata


persevera en el instante y no es nostalgia         (añicos de acetatos) los cabellos lacios de un petróleo sideral bajo el sol nuevo        (verde esmeralda) no se resiste a la expulsión del muro ventanas 3 y 4 ausentes (las otras encaje de azúcar)           subeibajas oxidados
(persevera) el desmantelamiento de un día en sus horas imposibles




dices (impávido) “el día salió de la madrugada como una rata reventada”    (averiada) la naturaleza arrebató su impuesto a la ciudad      “ni tiempo te dio de sacar tus chivas”       no crees a los ojos hasta que el perfume a muerto (o gas) crece con los días        (luego susurras) “cientoveinte segundos contra la ciudad”         (hoy nada quieres saber de sus trepidaciones)            apilaron a los muertos “en esta esquina”        intentaron la resucitación más adelante          entre varillas (viguetas) plafones tuberías buscaron lo que no había digerido la devoradora “cualquier pendejada y se nos viene todo encima” tropezaron con los restos de la muchacha (que amaneció bajo un cielo de cascajo)


tela de araña (el portal) Gran Hotel o clínica        una resbaladilla sostenida sobre tres piedras          el jilguero estropeado de un columpio        (vigas de madera) “nunca más” (nunca más) 151-49-30        la herida del fresno (franca)          el templo socavado (antes de que el metro desaparezca en la entraña épica de la ciudad)         amasijo (naturaleza atropellada)      apilar escombros (no son lo que parecen) fragmentos de una constelación que no volverá a alinearse         decir “una ciudad no se levanta por sí misma” (se derrumba por sí sola)      “sólo al nombrarla es que se erige”


pausa (rebobina)      a la modernidad le gusta hacerse esperar       (sabe que te la saboreas como esos dulces que tenían un cubierta de papel y pistaches en lo blanco) mientras buscas en la fayuca un disco de pink floyd que todavía no llega (generosa) te pone en las manos un día que nunca se parezca a otro         el “no puede ser” que tendrá que convertirse en leyenda


una falla (toda la ciudad pendiente de una falla)        pero es “break” no “wrong” y la han traducido mal        “un quiebre” “un rompimiento” un tirón en el tendón de Aquiles de la ciudad       fractura y desgarre (destripe de ladrillos y azulejos)       aprender a vivir en su cadáver (es necesario) aprender a vivir con su cadáver (de su cadáver)       cables que llevan luz a ninguna parte un datsun con hologramas chinos (encallado hace veinte años)          la Tránsito asentada en los baldíos de la memoria       te fuiste de cotorreo (y regresabas)        lo cuentas cada que te ponen este rosario en las manos          (dices) “el destino tiene esta cara” la cara que puse cuando vi que donde hubo casa la ruina se mecía sobre sus garfios de gárgola
           jueves (cascajo) ¿cuál forense? “ya así a la delegación”




(te chingaron) princesa ¿o te chingaste?        tendrás que esperar otro par de decenios para ver caer la trabe que entonces solo flaqueó (se inclinó un poco) y se acodó en una rampa       suponer las ruinas (entrar bajo sus columnas trituradas que les dan estatura de santas)    aquilatar los residuos de colores carteles historietas        luego aventarse como siempre a la posibilidad de lo posible        llegará un día en que no tengas que esperar dos años para ver las películas       una semana (¿un jueves?) quizá un año llegue y diga “vine a resarcirme”


         mientras tanto (el miedo) no se va (se niega) se asoma a cada rato y musita “ahorita regreso”       (nunca más) confiarás en su corazón de cisterna vacía (a veces) te detendrás con el pulso en desbandada hasta asegurarte que es sólo un torton (el que pasa)
                               mientras tanto ¿por qué la falta de fe en el futuro?